Un auténtico líder no centra la atención en sí mismo, en sus cerrados intereses. Por el contrario. Vive la "pasión” por el bien de todos. Como el apóstol, que vive la "parresía” de la fe, el coraje del anuncio profético. La "cercanía” es, en este caso, expresión de una mirada de amor y entrega.

Vale la pena entonces, recordar la figura de un político protagonista de los grandes cambios políticos y sociales de fines del siglo XX: Václav Havel. Un carismático, un hombre polifacético. Dramaturgo y poeta, hijo de un empresario cinematográfico. Recuerdo vivamente a un joven filósofo brasileño que había escrito una tesis -pude escuchar su defensa en la Universidad Gregoriana de Roma- sobre lo que significaban los idearios, escritos y gestos de quien fuera Presidente de la República Checa después de la caída del Muro de Berlín (1989). El trabajo se titulaba "La vida en la verdad. La vida en la mentira”. ¿Qué era en este contexto "la verdad”? Los ideales de responsabilidad individual y pública, apasionada, en una patria que aún luchaba por despegarse del totalitarismo comunista. Caído el régimen y durante la Revolución de Terciopelo, Havel formó un partido político, fue a las urnas y resultó elegido democráticamente Presidente hasta 1993, y luego -cuando se separa la República Checa de Eslovaquia-, fue elegido primer mandatario hasta 2003.

Hombre de letras (Premio Príncipe de Asturias) en una de las tantas entrevistas le preguntaron cuál había sido su mejor escrito. El político de fuste decía que la obra principal que había madurado era su propia vida. El mismo lo había expresado en una hermosa carta, la nº 136, enviada en julio de 1982 desde la cárcel del régimen totalitario, a su esposa Olga, de origen obrero y que moriría joven a causa de un cáncer: "siempre más me falta el escribir, y en lo profundo del alma estoy convencido que escribiré únicamente la obra de mi propia vida”.

Havel ha sido un maestro de antropología, con agudas observaciones acerca del hombre moderno y los problemas de la trascendencia, del destino final, de la esencia de lo humano. Le inquietaba lo temporal, pero también lo eterno.

En su búsqueda nostálgica de sentido, no faltó el tema de Dios. Escribió desde la cárcel, como dijimos, las "Cartas a Olga”, una cantera de reflexiones filosóficas que encuentran en lo divino una salida a los dramas de la existencia.

Para el dramaturgo, el hombre es un misterio que no alcanza a entender todo desde su pobre razón: "Con la humanidad viene a la luz algo de esencialmente nuevo y últimamente irreducible a todas las cosas… Un ser que se pone el ser como pregunta, un ser en cuestión, un ser más allá del ser, puesto cara a cara consigo mismo. Viene a la luz el milagro del sujeto. El misterio del yo… prodigio de libertad y responsabilidad. El hombre, ser que se pregunta quién es, de donde viene y hacia donde va”. (Carta nº 129).

Las cosas que el hombre emprende tienen su valor, pero no dan toda la respuesta: "Nosotros no conocemos el camino para salir del marasmo del mundo y pecaríamos de imperdonable arrogancia si pensáramos elegir una sustancial vía de escape en aquello que hacemos y si nos propusiéramos a nosotros mismos, nuestra sociedad y nuestras soluciones como ejemplo de aquello que únicamente tiene sentido hacer” (El poder de los que no tienen poder, 1978).

Havel -por momentos agnóstico, por momentos creyente- sabe sin embargo que la resolución del problema está en Luz que viene de lo Alto. Sólo Dios podría darle una razón completa al vivir humano. Como Cristo en la cruz, ha de sacar fuerza y experiencia de sus fracasos y elevarse lo más posible.

Resta decir también que sentía viva admiración por San Juan Pablo II, y éste lo recibió en varias ocasiones en su palacio apostólico. Dos humanistas amigos, unidos en la lucha por la libertad de los pueblos sometidos en tiempos de cortinas de hierro, paladares duros y bocas cerradas. Havel, como Wojtyla, sabían bien que juntos podían combatir "contra las palabra soberbias”, y esto no era cuestión sólo de lingüística sino de pensamiento antropológico, social y político.

La imposibilidad existencial de la isla de Utopía, lo supo muy bien Tomás Moro. Havel la comprendió desde la cárcel, sin medrar nunca en el intento de concretar sueños posibles. Dejó de existir el 18 de diciembre de 2011.