Los primeros pasos del flamante ministro de Educación de la Nación no han sido dados por un camino plano. Las críticas a su anunciado plan de reforma de la escuela secundaria se levantaron desde varios sectores. Como si esto no bastara, el arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión de Educación Católica del Episcopado, monseñor Héctor Aguer, cuestionó el enfoque de un documento del Gobierno sobre educación sexual. El "Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida", procede de los ministerios de Educación y de Salud. En él no se hace referencia alguna al amor y a la ética; y con una visión constructivista de base detesta la distinción y complementariedad de los dos sexos: hombre y mujer. Aguer lo calificó como "neomarxista" y "totalitario". La primera adjetivación se debe a la interpretación de la sexualidad según la dialéctica del poder; y la segunda, porque parece otra imposición totalitaria del Estado, que constituye una velada amenaza a la libertad de enseñar y aprender, sin tener en cuenta la libertad de conciencia, tanto de los alumnos como de sus padres, garantizada por la Constitución y por la misma ley de educación nacional. La perspectiva de género que subyace en todo el documento lleva a que nunca se hable del amor, como si el sexo no tuviera nada que ver con él, y no se hacen menciones a la responsabilidad, al matrimonio y a la familia como proyecto de vida.

Conocida la dura pero verdadera objeción, como generalmente sucede en estas ocasiones, desde la ideología se busca descalificar al mensajero sin leer el mensaje.

Mientras que Sileoni declaró que la ley 26.150 garantiza el derecho de niños, niñas y adolescentes a recibir educación sexual en los colegios, y que debe cumplirse sin más en las escuelas argentinas, la titular del INADI, María José Lubertino, tal vez necesitando prensa, pidió a la cúpula de la Iglesia una rectificación de las expresiones de monseñor Aguer ya que "es un retroceso importante que haya sectores que se opongan a estos temas que cuentan con un claro consenso democrático". Indicó que se realizará la evaluación del documento del obispo para detectar los posibles contenidos discriminatorios y actuar en consecuencia. Resulta lamentable que en una democracia, no estar de acuerdo sea considerado un retroceso, y que no se respete la pluralidad de opiniones necesaria en toda convivencia humana civilizada. La Argentina es un país que siente un enorme placer por envolverse en discusiones ideológicas; todas le parecen absolutamente seductoras, pero a veces sirven para poco. Lo primero es identificar un culpable para no asumir una culpa colectiva. Hay que asumir que la culpa es de la comunidad, porque si no es parte del problema, no puede serlo de la solución.

A poco de asumir, el nuevo ministro de Educación de la Nación anunció que sus prioridades serán acelerar el proceso de reforma en la escuela media para tener en 2010 los primeros indicios de cambio con una secundaria "mucho más flexible", y discutir una Ley de Financiamiento educativo con mayor aporte del Estado. Para lograr ese objetivo, Alberto Sileoni considera que es necesaria otra organización institucional y pedagógica, pero no tanto como un problema de contenidos de materias, sino sobre todo de organización para "terminar con la rigidez del secundario". Muchos cuestionan: qué se entiende por flexibilización escolar. La respuesta la dio el responsable de la cartera educativa: "Hay que empezar a pensar por el lado de la asistencia, de las promociones, de la posibilidad de que los chicos puedan armarse una trayectoria educativa que los beneficie, más tutores en las escuelas, más adultos dentro de la escuela por más tiempo, no sólo el docente que da su materia". Reforma y flexibilidad: dos términos que tienen su significado. El primero se viene escuchando desde larga data, pero nunca para mejorar la calidad educativa; mientras que al segundo lo padecemos desde hace bastante tiempo con las consecuencias deficitarias que padecen nuestro niños y jóvenes.

La calidad educativa mejora cuando se logra sostener los equipos de gestión y las políticas en el tiempo. Es hora de terminar con la idea de que "el que llega cambia todo porque ha descubierto que lo anterior estaba todo equivocado". Y lo que es peor: el cambio que ahora se proponen las nuevas autoridades nacionales del área no es para mejor, ya que es para, como lo anunció el ministro Alberto Sileone: "terminar con la rigidez" de la escuela media. No sería mejor que en vez de "terminar" con ella, la "comenzáramos" y en serio. Es que no sabemos cuando comenzó. La mayoría de nuestros adolescentes y jóvenes del secundario no saben estudiar, no saben leer, no saben entender.

Por favor, los ciudadanos necesitamos que nos expliquen cuándo tuvo su gestación la rigidez a la que se alude, ya que lo que sí sabemos es cuándo se inició su decadencia. Más aún, la padecemos al momento de escuchar a un joven exponer un tema, o la comprobamos en el papel al momento de corregir una prueba, un parcial o un examen final. Padecemos el síndrome típico de los argentinos: "La pasión desordenada por importar modelos o experiencias decadentes del exterior". Lo hicimos con la Ley Federal de Educación, sancionada en 1993, cuyas bases son similares a las que se elaboraron en España, que ahora es el país de la Unión Europea con los índices más bajos en calidad educativa. Hace tres años señalaba el especialista norteamericano Michael W. Apple, catedrático de la Universidad de Wisconsin y autor de libros de política educativa de difusión mundial, que no hay garantías de que el nivel de la educación mejore por una ley, convirtiéndola en la panacea de resultados prodigiosos. "En general, explicó el académico, esas leyes son retóricas y redactadas por gente que tiene poco contacto con la realidad cotidiana de la escuela".

Nuestros estudiantes de hoy no son mejores que los de hace 20 o 10 años atrás. Suponemos que el funcionario nacional habrá leído los resultados de las últimas evaluaciones de calidad internacional, en los que se perciben los bajísimos resultados en las áreas básicas (Lengua, Matemática, Ciencias y Sociales). En 2006, se realizó la prueba internacional PISA (Programme for International Student Assessment), en la cual participaron 400.000 alumnos de 15 años. En la prueba de matemática se examinaron a 56 países y nuestros alumnos se ubicaron en el lugar 53, y superaron únicamente a Azerbaiján, a Qatar y a Kirguizistán, y detrás de todos los latinoamericanos evaluados: Chile, Uruguay, México, Brasil y Colombia. El panorama fue similar en ciencias y en lectura. En estas áreas, el puntaje de nuestros alumnos fue un 20% inferior al promedio. Estos resultados son peores que los obtenidos en la anterior prueba de 2000. Resulta grave que la Argentina haya sido el país que más retrocedió entre 2000 y 2006. Chile fue el que más progresó.