Alguien dijo que la historia oral son como "sonidos del pasado+, los cuales trasmiten conocimientos de primera mano, a veces no registrados en los documentos convencionales o escritos. Una persona longeva es, en este sentido, como un depósito de vivencias y experiencias del pasado, por eso se expresó atinadamente que en las culturas ágrafas los ancianos son considerados como "bibliotecas vivientes". En realidad hay algo de fascinante en sustentarse en la oralidad, es como "atrapar", valga la expresión, un pasado vivo o humanizado.

Esta reflexión viene a consecuencia de que allá por la década del "60, un periodista de este diario tuvo la premura y la visión de entrevistar a una anciana que en ese momento tenía nada menos que 107 años, o sea que aproximadamente había nacido en 1853, año en que nuestra Constitución fue sancionada. La mujer era una caucetera, a quien no se podía calcular su altura por el "encorvamiento de los años, de blanco cabello y una trenza cruzada sobre la respetable cabeza". Ella guardaba en su memoria claros recuerdos de su larga vida.
La entrevistada fue doña Eduvige Noguera Viuda de García. En aquella conversación, le narró al cronista algunas vivencias en la que se entremezclan recuerdos propios, con la historia de nuestra provincia. Había nacido en Trinidad, aunque no recordaba la fecha de su nacimiento, si sabía que la habían anotado en los registros parroquiales, pues aún no se había promulgado la Ley de Registro Civil. También su memoria guardaba el recuerdo de la invasión de los colorados, esto fue en 1867, cuando era una niña, tal invasión ocurrió durante la gobernación de Camilo Rojo.
Relataba que esta irrupción cometió todo tipo de atropellos, en especial en las iglesias. Era tanto el miedo que tenía su madre, que la ató en el interior de su casa para que no pudiera salir a la calle. Luego su familia se trasladó a Caucete -en 1870- donde transcurrió el resto de su vida. El lugar, Villa Independencia, que fundaría Nazario Benavides en 1851, tenía como paisaje dominante campos y potreros.
En esos tiempos todavía era soltera, y fue nombrada maestra de la única escuela que existía, porqué era "la que más sabía". Entonces se desempeñaba como directora la esposa del fundador de Villa Colón, José María de Los Ríos. En 1871 se casó con su primer marido, cuando ella tenía apenas 20 años. Su esposo era guardaespaldas del entonces gobernador Domingo Morón.

Al tiempo enviudó y luego de algunos años se casó nuevamente, apuntando que "por ahí tengo el boleto guardado", haciendo referencia a que esta vez se casó por el Registro Civil, que ya existía. Recuerda, además el terremoto de 1894, sismo que "fue muy fuerte y a las tres de la tarde". Para esa época vivía en una finca denominada "del Salado". También guarda en su memoria la existencia del primer molino harinero, que fue "de Pringles".
Aquella singular mujer tuvo una prolifera descendencia, fruto de sus dos matrimonios, contando en aquellos años con 32 bisnietos.

(*) Magister en Historia.