(Homenaje a Hugo). Ella no puede evitar un grito de dolor casi gozoso. Se retuerce, flor y fragua, y ve nacer al hijo. Una lágrima rueda desde sus ojos jóvenes hasta el vientre del bebé. Como si lo bautizara, lo lleva hasta su pecho y le indica el mejor camino.
La misma lágrima, sal y sangre fundadora, se posa ahora en la mejilla del niño de pocos años y le advierte los latidos de los primeros dolores. Alguien cree que seca esa estrellita para lavar el rostro invicto de toda herida, pero es imposible, ese gorrión de sal es indomable, se erige en aurora y sombras, arado y sonrisa, y continúa expectante en el niño que va entrando en adolescente; lo acompaña como ángel de la guarda o duendecillo de cristal por todos sus sueños y vacíos; una lágrima es hueso inseparable de la vida y, como tal, por toda ella ha de seguirnos, para bien o para mal; traspasa los festejos y los besos; se posa en el muchacho quinceañero que ha llorado de amor; festeja en el abrazo triunfal que agasaja el título logrado a pulso de quimeras y sudores; se vuelve nostalgiosa hasta el pasado y acaricia navidades y ausencias; todo cabe en ella (por dolores o por glorias); desde un rinconcito, se le enturbia de dicha el altar cuando entran los novios; se viste de relámpagos y nuevas lunas cuando nace el hijo del hijo; moja almohadas, reivindica pañuelos en las despedidas, es rocío y hojas lívidas en los otoños.
Todo puede pasar por los dedos testimoniales de la lágrima: el jilguero que ha callado definitivamente y el perro que ha cumplido el ciclo; la voz derogada de la abuela final y el itinerario muerto del padre joven; todo tiene adentro esa humedad de lirios.
La lágrima de la madre que se retorciera flor y viera nacer al hijo, pervive, traspasa fronteras y atardeceres; mira pasar al infante y al joven henchido de aventuras; para que la vida sea homenaje, le moja las manos y se las endereza hacia un encordado; la guitarra agradece esa siembra de luz mojada; cae la lágrima en la boca también maternal de la guitarra y se agrieta ante una ausencia que se avecina; llora con voz de lágrima; le implora al encordado el flechazo de la inspiración, y alguien muy cercano a Dios la asiste: desde esa tortolita vientre de rocío y lunas, una mano invisible edifica una tonada. Cuyo y algo más agradecen el encuentro fundamental entre tanta lumbre, y el hombre baja la frente; ya realizado, enciende la luz propia y se va feliz.
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
