De las varias descripciones, además de las imágenes, de la desaparecida casa de Francisco Narciso Laprida, existe una espléndida e imperdible, nacida nada menos que del puño del destacado poeta y escritor -español-sanjuanino- Antonio de la Torre, quien conoció en detalle tal residencia, antes y después de las refacciones que le hicieron y que además, fue testigo del terremoto de 1944, lo que le permitió comparar ‘ambas ciudades+. El poeta fue un enamorado de su tierra, de sus hombres y del paisaje urbanístico, ese San Juan colonial que se fue consecuencia del mencionado sismo. También se advierte el amor que sentía por la flora y la fauna local. Con un lenguaje ameno, con ciertos regionalismos, claro y cautivante, no da una idea exacta de aquella vivienda. Tal escrito fue publicado en el diario La Prensa, en ocasión de conmemorase los 150 años de la Declaración de la Independencia. Inicia su escrito expresando a manera de introducción que ‘San Juan era, en la época en que gobernaba el Dr. José Ignacio de la Roza, una aldea perdida entre las serranías de los contrafuertes cordilleranos (…) En la Plaza Mayor, la Plaza de Mayo, se empinaban algunas palmeras juveniles, entre desmesurados pimientos y desgarbados jacarandáes (…) La placidez eglógica del paisaje sólo se veía alterada con el arribo violento del Zonda, que sofrenaba su galope sobre sobre los primeros tapiales y envolvía a la ciudad con su cola de polvo…+. A posterior, se refiere ya al núcleo del tema. ‘En una de esas casas señoriales, nació Francisco Narciso Laprida (…) Su padre era asturiano y su madre, sanjuanina. La casa tenía el trazado romano que impusieron los españoles. El frente estaba construido con adobones de sesenta centímetros de largo, y ostentaba pesadas cornisas y cuatro ventanales con rejas de hierro. La puerta de entrada era imponente, con dos recias hojas de algarrobo y un pesado llamador. Se entraba a la casa por un ancho zaguán enjalbegado, de arco de medio punto, que daba al primer patio. El piso era de baldosa de barro cocido, y tenía en el centro un camino de lajas, destinado al tránsito de cabalgaduras. El primer patio tenia floridas piletas rinconeras, y daban a él las habitaciones principales de la casa, el escritorio, la sala, el comedor. Luego venia un segundo zaguán, que daba acceso a otro patio, de tierra apisonada, en cuyo lado norte estaba el granero, al que se ascendía por una empinada escalinata de adobe. Al fondo estaba la huerta, en la que había un pequeño corral y un gallinero. Sobresalía entre todas las plantas un ampuloso pimiento, que parecía recién pintado. Había una palmera deshilachada y numerosos árboles frutales, durazneros, damascos, limas. Y un parral encatrado, de uva de San Francisco donde anidaban las pititorras y revoloteaban las abejas. Al fondo de la huerta cruzaba una acequia domiciliaria, que alimentaba aquel mundo vegetal, fresco y tranquilo. En ese huerto, rumoroso de grillos y de tórtolas, jugaría el futuro presidente del Congreso de Tucumán, como más tarde lo hiciera en el humilde barrio del Carrascal su comprovinciano Domingo Faustino Sarmiento…’.