"Indice derecho… Ahora, el índice izquierdo… Muy bien, puede pasar, señor", dijo Mirna Germano, de la Policía Federal. El hombre, vecino de calle Las Heras, frente al Centro Cívico, ayer tuvo que pasar sus huellas digitales por un escáner para poder ir a su casa. Y así como él, para otros 2.111 vecinos de la zona, tener sus huellas registradas en el sistema era casi lo mismo que tener el manojo de llaves de sus viviendas en los bolsillos. Ayer, por primera vez en San Juan, se usó un dispositivo portátil en el que cada persona que vive o trabaja cerca del Centro Cívico tuvo que pasar sus huellas dactilares para moverse dentro del vallado, de lo contrario, no pudo avanzar.
En Ignacio de la Rosa y Salta, rodeados por gendarmes y vallas, estaba uno de los ingresos. Dos efectivos femeninas de Policía Federal eran las encargadas de registrar las huellas de los vecinos, sus familiares o allegados, los comerciantes y los empleados de la zona, que habían sido censados previamente. Las mujeres, vestidas de civil, tenían una especie de pistola plástica, con una pantalla táctil. El dispositivo se llama Morpho RapID y está conectado a una red interna de la Policía Federal. Así, cada persona que pidió entrar a la zona, debió colocar los dos dedos índices en la pistola y, si figuraba en los registros, sus datos personales aparecían en el display, lo que habilitaba el paso.
"No me molesta el movimiento, ni el control. Entiendo que son medidas lógicas por un acontecimiento de estas características. Hay que tener paciencia", señaló Pablo, un vecino de la Ignacio de la Roza, entre Salta y Las Heras, mientras sacaba su auto de la cochera. Toda su familia y el vehículo estaban registrados en el sistema desde la semana pasada, porque si no, ni el coche podría haber estado dentro del vallado.
El control para superar el anillo de seguridad fue tan riguroso, que ni el chofer y el auto del senador César Gioja pudieron avanzar ya que no aparecieron en los registros de la Policía Federal, por lo que el hermano del gobernador se tuvo que prender el sobretodo, bajarse del coche y caminar bajo la llovizna, a media mañana.
"Cada vez que salí a hacer las compras, tuve que pasar por el control. Además había invitado a unos amigos a casa, después de clases, pero como no estaban censados, tuve que avisarles que no vinieran, así que quedé mal con ellos", se quejó Rodrigo Muñoz, otro vecino.
"Tengo que pagar el seguro, que se me venció. Es media cuadra nomás", suplicó el hombre en el ingreso de Central y Salta. Pero no hubo caso. Sin acreditación o huella, no pudo pasar. Otro hombre que rogaba infructuosamente avanzar para ir a la farmacia a comprar insulina, recibió el favor de un buen samaritano. Sergio Astudillo, empleado de un comercio censado, escuchó el problema, se devolvió y se ofreció a ir a la farmacia, comprar el medicamento y regresar al vallado. "Mis sobrinos tienen diabetes y sé lo que es esta enfermedad. Y no me cuesta nada perder un ratito de tiempo", contó Astudillo.
Por su parte, la mayoría de los comercios abiertos en la zona ayer se contaron con los dedos de la mano. El lunes, pese a que se pudo pasar sin credencial o huella dactilar, el movimiento fue tan limitado que ayer directamente no abrieron muchos negocios. "El lunes me fue mal, pero hoy (por ayer) me la jugué a ver si cambiaba la cosa. Y fue peor. Me voy, porque no está para gastar luz y gas y para colmo, pasar frío. A mi, lo de la Cumbre me perjudicó mucho", contó la dueña de un cyber, mientras le ponía candado a la reja. Un acto normal, pero que ayer, por tanta seguridad, hubiera dado lo mismo si dejaba la puerta abierta.
