Japón se destacó en la Cumbre del Clima de Cancún 2010 por su oposición a prolongar el Protocolo de Kioto, el acuerdo internacional destinado a reducir las emisiones de seis gases causantes del calentamiento global, además de tres gases industriales fluorados, y promover en la ONU que las economías emergentes también limitasen sus emisiones contaminantes.
Unos meses más tarde y tras el desastre de las usinas de Fukushima, la firme oposición japonesa frente al cambio climático pierde fuerza, de manera que podría reconsiderar su promesa de reducir las emisiones para 2020. Esta meta se verá afectada significativamente y será analizada ahora en la Reunión de Bangkok, antesala de la próxima cumbre de la ONU en Durban, Sudáfrica. Lo cierto es que Fukushima representaba una quinta parte de la potencia nuclear de Japón y el desastre obliga replantear su política energética. La crisis de confianza en las nucleares repercutirá en las negociaciones internacionales sobre el clima. La nuclear es una de las opciones energéticas que emiten pocos gases de efecto invernadero, y no se debería infravalorar la necesidad de repensar el modelo de desarrollo, las tecnologías alternativas y las energías renovables.
Tras la paralización de algunas centrales nucleares en Alemania y la creciente presión en algunos países contra la prórroga de las centrales o la construcción de nuevas instalaciones, el futuro más próximo se parece mucho al pasado. El gas y el carbón vuelven a replantearse con más fuerza en el presente y hay quienes expresan que la solución es la energía eólica. Sin embargo, desde los organismos internacionales advierten que el abandono de la energía nuclear recurriendo a energías fósiles aumentarían en 0,5 gigatoneladas las emisiones de dióxido de carbono para 2035.
Las consecuencias de lo sucedido luego del vertido de 11.500 toneladas de agua radiactiva al océano, plantean serios riesgos para la salud y la pesca, entre otros. La radiactividad es acumulativa, caso del atún o el pez espada, que retienen las partículas radiactivas de las presas que se comen durante toda su vida. Los graves efectos que desde ya se prevén, obliga a repensar nuevamente el tema climático, la defensa de los ecosistemas marinos y los productos pesqueros, con mayor énfasis, buscando soluciones integrales y eficaces en sentido global.
