El turismo cultural hace hincapié en aquellos aspectos culturales que oferta un determinado destino turístico, ya sea un pequeño pueblo, una ciudad, una región o un país. Por otra parte, el agroturismo facilita que el turista entre en contacto con el agricultor participando de tareas sencillas que son propias de la vida diaria del hombre de campo.

Con este tipo de actividades turísticas se desarrolla el Turismo etnográfico, que permite conocer costumbres y tradiciones, favoreciendo el diálogo entre diferentes culturas y que, al realizar y conocer diferentes actividades, pueden ubicar además el valor en los productos que se adquieren y se consumen. Este tipo de turismo permite además conservar las tradiciones transmitiéndolas de generación en generación, dándole un valor social y económico a la vez.

Estas actividades, transformándolas de tradicional y representativas a contemporáneas y vivientes al mismo tiempo, basadas en la comunidad y aplicándolas en los juegos, en las experiencias culinarias, cría de animales, actos religiosos o lugares de memoria, son las que se pueden ofertar en un producto turístico.

De esta manera se aprovecha la oportunidad de crear destinos con consonancia al lugar, a fin de ofrecer actividades con identidad y autenticidad, competitivas y diferenciadas desarrollando atractivos que permitan incrementar la estadía del turista

en lugares donde se practica este turismo, las comunidades se han redescubierto en su patrimonio tangible e intangible, como fuentes de recurso, teniendo en cuenta las demandas, que buscan la microhistoria de cada lugar, digamos "el terruño”, donde los vecinos viven en relación de su ambiente físico, con prácticas agrícolas y ganaderas, emotivamente unidos a su tierra, donde están todos los avatares.

Todo esto reclama para el turismo, entre otros aspectos, la dinamización y el fortalecimiento de las culturas locales con el objeto de promover el desarrollo de la creatividad y organización social, teniendo en cuenta que hoy se necesita invertir en el esfuerzo con más en actitud que en la aptitud para apostar al futuro.

Seguramente todo lo expuesto es conocido por los que participan de la actividad turística, ya sean empresarios o vecinos de los destinos turísticos, pero también cuando se leen las diferentes ofertas turísticas en ellas no se encuentran, más allá de una visita a la bodega donde se muestra el proceso de industrialización y no el proceso de producción de la materia prima, la uva, con participación del turista según sea la temporada de poda, de arado, de regado, tan clásico nuestro, etc, etc., o se ofrecen dulces, mermeladas, conservas o aromáticas, como si estuviéramos en el super o almacén de la esquina, y no el proceso desde el origen del fruto y el trabajo para obtenerlo y elaborarlo, en reconocimiento de la labor del agricultor y el disfrute del turista de realizar una tarea ajena a lo que hace siempre, que sirve de relax y satisfacción personal de hacer algo novedoso para ellos.

Eso es turismo cultural, eso es agroturismo o etnoturismo.

Como ejemplo, en la localidad de Tamberías, en el departamento Calingasta, ya no se ven los manzanales, ni los alfalfares, ni la ovejas karakul que bajaban en el invierno de la cordillera. Tampoco se ven los pimentales, los azafranes, ni los nogales, de otros tiempos, por lo que duele ver un paisaje que era habitual. Entonces nos preguntamos ¿si es malo volver al pasado, aunque sea para mantener la esencia de una zona agrícola, donde se elaboraba la sidra de Calingasta, el calvados y se degustaban los duraznos de Barrialito y los exquisitos dulces de membrillo dorados? O comprar lana hilada a mano.

Sabemos que en la zona rural turísticamente funciona muy bien el turismo alternativo, o denominado de aventura, pero en el mundo también funciona el agroturismo para otro tipo de turista y en San Juan en ninguno de sus departamentos rurales les falta elementos para desarrollarlo, es cuestión de ponerlo en práctica y seguramente sería una oportunidad más para el lugareño.

(*) Licenciada en Turismo.