Esos edificios altos al borde de la playa, típicos de las grandes ciudades europeas, nada tienen que ver con los caseríos amontonados y precarios que se ven a medida que se acerca el cerro. Así es esta Iquique que aloja al Mundial de hockey de las chicas. Entre bellezas y amontonamientos. Entre lujos y necesidades.

Los “iquiqueños” tienen dos fuertes ingresos para la subsistencia de su pueblo: El turismo y la minería. Ambas actividades son respetadas al máximo.

La amabilidad de la gente es vital para que el turista se sienta bien. Y sobre minería, los grandes cerros bien cercanos a la ciudad son la base del trabajo de mucha gente.

Si a esto le agregamos que Iquique es zona franca para el comercio (no se pagan los impuestos en las importaciones) se entiende porque ésta ciudad es invadida en forma permanente por extranjeros, especialmente argentinos (en su mayoría salteños y jujeños).

Pese a esas características positivas, en esta ciudad se ven dos caras. Dos realidades casi opuestas. Y es raro ver cómo congenian esos polos. Porque los edificios cercanos a la playa son todo lujo. Hoteles de cinco estrellas.

Departamentos increíbles y nivel superlativo en las movilidades y distintas prestaciones, conviven con esas casas precarias, construidas de madera y chapa, que empiezan a verse a medida que uno va “subiendo” para el cerro.

El centro mismo de la ciudad marca el límite de contrastes. La zona comercial en la que conviven poderosos y humildes está “abierta” para todos. En el día, todo el mundo anda. Por la noche, sólo la zona playera tiene vida activa. Una ciudad bella, rara y que marca sus contrastes bien marcados.