Seguramente el bandoneón es el instrumento más entrañable del tango; por eso cuando un ignoto hombre del interior, nacido en Santiago del Estero, desechó el piano, el contrabajo y el violín, que ejecutaba magníficamente, para volcar al tango los Iloriqueos de una armónica, no debió sorprender a nadie, porque este instrumento tiene en sus entrañas el germen o el alma del bandoneón, suena al modo de él por una simple razón: en ambos el sonido es emitido por unas lengüetas de metal que vibran con el paso del aire.

Hablo de Hugo Díaz, quien fuera uno de los más grandes músicos que entregó esta tierra, así como suena. Lo aprecié de cerca en aquella célebre boite del Casino de San Juan, cuando actuamos junto a él. Uno no podía menos que estremecerse hasta el origen cuando este hombre se metía de cuerpo y alma en ese pequeño instrumento al que -como una metáfora de Dios- le Insuflaba el aire de la vida. Y entonces él también vibraba, se sacudía en el escenario al adentrarse en la índole de un tango orillero y extraerle, como un mago a su galera, grelas y compadritos, organitos y arrabales floridos. Colocaba sus

manos a ambos extremos del instrumentito, lo golpeaba rítmicamente como para sacarle pájaros de fuego, hacerle vomitar ensueños, hacerle parir lo más recóndito y profundo de la existencia en notas que se enamoraban de sí mismas, que subían a un cielo de pasiones y volvían al pecho de todos como confirmaciones de estar vivos, agradecimientos al hecho de ser seres sensibles.

Hugo Díaz masticaba la música como se disfruta un manjar o se adentra en una oración; la vestía de humanidad y pasiones; le colocaba sentimientos en el lugar en que la música necesitaba ratificar que sólo vale cuando logra sacudir, aunque adopte la renguera de alguna desafinación; si un acuerdo de notas (eso es la música) no conmueve, no estremece, es no nata, no ha visto ni verá esa indescifrable luz que construye el armónico romance de un sonido con un sueño.

Hugo Díaz se codeó en grandes conciertos con los más ilustres músicos del mundo, nada menos. También interpretó el folklore con idéntica maestría y fogosidad como lo hizo con ese tango que pertenecía a una ciudad que no era la suya (por algo el tango es universal); sus zambas sonaban a orgullos del lugar donde fueron paridas, pero además a obras insignes. los fraseos de este intérprete magistral (especie de difíciles juegos con los tiempos musicales), creo no tuvieron parangón; y

le agregaba a la música que fluía como sangre de su armónica una especie de percusión extraña que la enriquecía y hacía más humana. (Debe recordarse que se inició como bajista en un conjunto de jazz). Había en él -como disfrazado- una especie de Goyeneche al mando, de una tablita con celdillas donde nacían y morían ruiseñores. Con sus fraseos, se animó a ser un conductor temerario en el desmesurado territorio de las lágrimas y las risas, un titiritero que manejaba los

símbolos con hilos anclados a muerte en fangos barriales o boliches tonaderos. Víctor Hugo Díaz -ése su nombre completo- murió a los cincuenta años. En escaso medio siglo de toda vida, de puro ardor, tuvo el don de edificar una era de la música.