Parangonando el pensamiento que emerge de pronto de este análisis, el nuestro es un país que necesita medirse fehacientemente por las consecuencias que generó el marcado autoritarismo de gobiernos militares y civiles. Estas formas de incomprensión sobre el sentido trascendente del bien común degradó la política, cuyos actos deleznables se endulzaron en la soberbia de las conducciones y gobernantes, destruyendo sin piedad la porcelana cívica de la democracia que es, precisamente, su juventud. Muchas generaciones de jóvenes sucumbieron bajo este flagelo abominable del que le ha resultado difícil sustraerse.
Sin duda, hoy existe un problema ideológico, que se está definiendo en la mayor fuerza cohesionada del país. En su pretensión por resolverse, orilla los límites del marco político-doctrinario de su espectro movimientista. El "magnánimo” menemismo de los 90 no pudo con su idea de trascender al propio peronismo, y seguramente le ocurrirá igual a la posible idea en danza que barajan conspicuos analistas respecto de la fuerza creada en 2003 por don Néstor (La Cámpora), cuya herramienta política se exhibe en la lógica necesaria después de la muerte de su creador. Es en ese punto de inflexión donde esa fuerza política interna del oficialismo gravita con mayor influencia en las decisiones del cristinismo.
En esa metamorfosis que sólo puede definírsela primariamente en lo ideológico, en la contemporaneidad de nuestro tiempo, se puede parangonar a las juventudes políticas peronistas de la década del 70 (JPRA, Guardia de Hierro y Encuadramiento etc.), que ubicadas en el centro ideológico-doctrinario y conducidas por Perón, aspiraban a formarse y capacitarse humana y técnicamente con una visión estratégica hacia el año 2000, y en ese camino, producir un trasvasamiento generacional en la ocupación gradual de los cargos políticos y partidarios. Montoneros, un grupo guerrillero surgido como ala izquierda del peronismo, se proponía la lucha revolucionaria y no creía en la revolución en paz propuesta por el líder peronista.
Contrario a lo que pueda pensarse, "La Cámpora”, con una concepción distante y distinta a la sostenida por Montoneros, toma el nombre por el "tío Cámpora” pero con el espíritu camporista que preparó el camino para la llegada de Perón. Hoy, acelera sus pasos para posicionarse políticamente en la estructura oficialista tomando distancia de "Kolina”, la agrupación que conduce Alicia Kirchner, y en su pretensión anhelan conducir empresas decidoras en la política nacional, aspirando llegar a los cargos en el gobierno, pero aunque ellos reivindican a la juventud militante de los 70, no ejercen ni reivindican la lucha armada bajo ningún aspecto, como mal se ha intentado expresar. Sus signos son la soberanía industrial, la fuerza de los trabajadores organizados desde una perspectiva opuesta a la metodología moyanista, defienden los derechos humanos y la patria latinoamericana y reconocen que la política es la herramienta para la transformación de los pueblos. Llegan a los cargos públicos con una acabada capacidad operativa y su diferencia tangencial con el 70 estriba en que ellos aspiran a los cargos, un modo de ser práctico que puede llevarles al planteo concreto de consumarlo todo desde límites extrapolados del peronismo de su creador, don Juan Domingo. Sucede que Cristina, con inteligente equidistancia política, con sus pies bien plantados en una tercera posición interna, sabe bien que la estructura partidaria es la mejor garantía que hace posible desde el gobierno hacer realidad la propuesta del Proyecto Nacional.
