Hillary representa el estatus quo, la continuación de un sistema político desgastado sin mucha conexión con gran parte de sus partidarios. Trump es el outsider, el anti sistema, el de crítica apocalíptica; de la que tampoco se salvó su partido.

Ambos muestran visiones de países diametralmente opuestos; polarización extrema. Hillary, por su dureza conservadora, posición económica abierta y loas al patriotismo, parece republicana. Trump es nacionalista en lo político y proteccionista en lo económico; casi un demócrata. Pese al cambio de roles, y después de haber barrido a sus contrincantes en las internas, tienen para criticarse y ser criticados.

Los republicanos eligieron a un hombre sin convencimiento, pero sucumbieron ante su sorpresivo e histórico caudal de votos. Los demócratas prefirieron a la candidata más segura, pese a que Bernie Sanders, siendo el más viejo, representaba la mayor esperanza para los jóvenes y el cambio.

La convención republicana tuvo que lidiar con el plagio de Melania Trump por copiar párrafos de un discurso de hace ocho años de Michelle Obama, mientras que la cúpula demócrata enfrentó el engaño. La filtración en Wikileaks de 20 mil emails demostró que el partido favoreció a Hillary por sobre Sanders. Ante lo innegable, renunció la presidenta del Comité Nacional Demócrata, mientras el servicio secreto acusaba al gobierno ruso de esas filtraciones para favorecer a Trump, quien, irónicamente devolvió la estocada. Pidió por Twitter a los rusos que encuentren los otros 30 mil emails que comprometen a Hillary por haber usado cuentas personales para intercambiar mensajes altamente confidenciales cuando era secretaria de Estado, comprometiendo la seguridad nacional.

Las acusaciones subirán de tono. Ambos candidatos no lograron unir a sus partidos. Algunos de sus partidarios votarán en blanco, otros no acudirán a las urnas y algunos usarán el voto castigo. Esa penalidad tiene justificaciones. Hillary tiene muchos flancos abiertos; la invasión de Libia, la guerra de Irak, los engaños amorosos de su esposo, el presidente Bill Clinton, pese a que en la Convención la alabó como la compañera inseparable durante 40 años. Trump es un showman boquiabierto y fanfarrón, populista multimillonario, que sorpresivamente ahuyenta a las minorías; esas que en los últimos tiempos han desequilibrado la balanza electoral.

Trump promete un país nuevo, más seguro, sin el crimen y el terror que le achaca a la mano débil de Barack Obama. Pronostica más empleos y fábricas en el país. No quiere tratados de libre comercio y quiere que EEUU no siga de policía por el mundo. Ella ofrece estabilidad económica, inclusión de clases y género, seguridad globalizada y quiere reforzar el programa de salud pública de Obama, asignatura que le quedó pendiente como primera dama en la presidencia de su esposo.

Gane quien ganare, la Casa Blanca ya no será igual. No se sabe el papel que le dará la primera mujer presidente de la historia a quien ya se sentó en el salón oval. También es incierto lo que sucederá si accede al trono el rubio peinado a lo Simpson y su esposa, una inmigrante eslovaca que no es arquitecta como dice su biografía.

Si Hillary gana habrá mayor certidumbre. Pero de ganar Trump no habrá apocalipsis. EEUU tiene un sistema político con fuertes contrapoderes y equilibrios que no permite un presidencialismo personalista. El poder será el mismo, solo cambiará el estilo.