“Solicito urgente su intercesión pues mi vida no espera mucho más”. Con esa frase termina la redacción de una carta que el exobispo de San Juan, Ítalo Severino Di Stéfano, le envió en 2001 a Santos Abril y Castelló, por entonces Nuncio Apostólico. La intervención por la que rogaba el ex jefe de la Iglesia sanjuanina, quien murió al año siguiente, era para que su sucesor, Alfonso Delgado, continuase con la obra por la que él había juntado más de 600 mil dólares: la parroquia del seminario, obra que nunca se hizo. El dato de la carta surgió esta semana, luego de que el actual obispo exhibiera a los curas un supuesto informe contable para justificar que parte del dinero que le dejó Di Stéfano ya no está. Ese documento, de cinco carillas, sin firma ni documentación respaldatoria, reabrió el debate por la plata de la curia sanjuanina, en medio de investigaciones judiciales abiertas incluso por el propio Delgado. Los papeles indican gastos que al menos despiertan curiosidad: 90 mil dólares en arreglos de electricidad en el edificio del Arzobispado y 200 mil dólares en honorarios de abogados, entre otros (ver página 3). Este diario intentó comunicarse con monseñor buscando aclaraciones, quien pidió unos minutos para la entrevista y luego no volvió a responder. Después, su encargado de prensa dijo que no iban a emitir opinión al respecto.
Ítalo Severino Di Stéfano fue arzobispo de San Juan desde 1981 hasta mayo de 2000, cuando a los 77 años de edad se retiró y volvió a su Santa Fe natal. Tuvo un altísimo perfil local y también nacional, ya que hasta llegó a conducir la Comisión Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Argentina a principios de la década del noventa. Quienes guardan los mejores recuerdos de él aseguran que bajo su conducción se duplicó la cantidad de parroquias e incluso las crónicas lo recuerdan como un religioso muy querido por los fieles, ya que lo despidieron 15 mil personas en el Estadio Aldo Cantoni.
Di Stéfano tenía una obsesión: quería sellar su obra con la construcción de la parroquia del seminario que él mismo construyó. Según relataron quienes lo conocieron de cerca, esa obsesión tenía una razón muy atada a sus orígenes, ya que pretendía que el templo del seminario se construyera bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América y de la arquidiócesis de Santa Fe, su lugar de nacimiento. Di Stéfano había juntado el dinero que necesitaba para ese emprendimiento durante una década y lo expresó en la carta que le escribió al Nuncio, a la que accedió de manera exclusiva este diario: “Además de los fondos adquiridos para la obra del Seminario, de diez años para atrás, visitando todos los lugares posibles del mundo fui juntando dinero para una obra que es mi promesa de vida consagrada a Dios y a la Santísima Virgen, cual era construir un templo en el Seminario para honrar a Ntra. Sra de. Guadalupe, patrona de América Latina. Esto yo se lo prometí cumplir, pero quiero expresarle que el Sr. Arzobispo (Delgado) no quiere que se cumpla y ello aunque sea mi último suspiro lo voy a cumplir”. Enseguida, aclara: “El dinero conseguido durante 10 años fue depositándose en el Banco Santander Investment en el plazo fijo cuenta N. 000115/7 a nombre del Arzobispado de San Juan de Cuyo por más que muchas veces me encontraba sin recursos para seguir la obra del Seminario, ese dinero no fue tocado, pues era mi promesa. El importe es poco más de 600.000 dólares. Sin ninguna explicación, Mons. Delgado se apoderó de ella, no considerándome ni preguntando los motivos de ese ahorro, despojándome de la firma de la cuenta y no considerando un pedido de que esos fondos eran para la obra ya explicada (la Iglesia del Seminario)”.
El monto exacto que dejó Di Stéfano fue de 635.653,46 dólares y hay dudas respecto de si le correspondía o no a Delgado disponer de manera unilateral de esos fondos, ya que el canon 1292 parágrafo 2 del Derecho Canónico, señala que a la Conferencia Episcopal de cada país le corresponde fijar la suma mínima y máxima a tener en cuenta respecto a la compra o enajenación de bienes. Los depósitos de dinero que pertenecen a la Iglesia son considerados “bienes eclesiásticos”. La Conferencia Episcopal Argentina, el 11 de julio de 1995, aprobó como legislación complementaria al Código de Derecho Canónico, lo referido a ese canon, e indica que: “Con referencia al canon 1292: a) el monto máximo para enajenaciones sin autorización de la Santa Sede será de 300.000 dólares. b) el monto mínimo será de 30.000 dólares”. En el caso de San Juan, el monto dejado por Di Stéfano era superior a 300.000 dólares, por tanto, para cualquier movimiento de ese dinero o inversión del mismo, necesitaba la autorización del Vaticano y, según las fuentes consultadas por este diario, no habría existido tal autorización.
