Al celebrar mañana el Día del Trabajador, es ocasión para agradecer a todos los hombres y mujeres que, con el esfuerzo, competencia, y dedicación diarias, contribuyen para que la civilización del trabajo sea más humana e integral. Pero no se puede omitir la referencia al grave fenómeno del desempleo.
La globalización contribuye hoy a hacer aún más complejo el mundo del trabajo. Se trata de un fenómeno que es preciso conocer y valorar con un análisis atento y puntual, pues se presenta con una marcada nota de ambivalencia. Puede ser un bien para el hombre y para la sociedad, pero podría constituir también un daño de notables consecuencias. Todo depende de algunas opciones de fondo, es decir: si la globalización se pone al servicio del hombre, y de todo hombre, o si exclusivamente contribuye a un desarrollo desvinculado de los principios de solidaridad y participación, y fuera de una subsidiaridad responsable.
Al respecto, es importante tener presente que cuanto más global sea el mercado, tanto más debe ser equilibrado por una cultura global de la solidaridad, atenta a las necesidades de los más débiles. La asociación sindical, no solamente es justa, sino que, siempre dentro del respeto de los principios de la justicia, debe mostrarse conveniente para lograr la armonía social. Últimamente en nuestro país, varios sindicalistas han sido sospechados de enriquecimiento poco claro y su situación deberá ser aclarada y definida por la Justicia. También pareciera que algunos jefes sindicales sólo pretenden perpetuarse en sus cargos y gozar cada vez mas de privilegios, antes que el beneficio de los trabajadores y el bienestar de sus familias.
Un correcto funcionamiento de las instituciones privadas y públicas en el país, necesita de una separación de competencias y poderes, para que su actuación sea siempre ejemplarizante y transparente, sin perjuicio que personalmente su líderes asuman posiciones políticas o aspiren a cargos políticos o públicos. Los sindicatos están llamados a ser un exponente por la defensa de la justicia social, y los justos derechos de los hombres del trabajo según las distintas profesiones, pero no debe ser una lucha contra los demás o contra quienes ofrecen fuentes laborales.
Las exigencias sindicales no pueden transformarse en una especie de "egoísmo” de grupo o de clase por más que deban procurar que se corrija, con miras al bien común de toda la sociedad, aquello que es defectuoso en el sistema económico o de los medios de producción.
