Agotadas las vacunas en la mayoría de centros médicos y las mascarillas tapabocas en las farmacias, la población de Ciudad de México no sabe muy bien cómo tomarse la gravedad del brote de gripe porcina que ha dejado 20 muertes confirmadas en el país.

Aunque a primera hora de la mañana se pudieron ver largas colas en algunos hospitales en busca de una vacuna, el anuncio de que éstas se habían acabado dispersó a la gente.

Hasta el momento, el precio de la vacuna se ha mantenido estable en cerca de 400 pesos (unos 30 dólares), pero los médicos consultados no saben si ante el aumento de la demanda su costo se incrementará.

Por las calles de la capital se ve más gente con mascarilla de la habitual -la abundante contaminación y las enfermedades respiratorias la convierten en un elemento común- pero la vida transcurre con normalidad, pese al cierre de todas las escuelas y universidades de la región.

Jacob Morett, gerente de relaciones públicas del Centro Banamex, el mayor recinto ferial del país, dijo que los directivos del complejo están atentos a la información del Gobierno y que en caso de que la situación empeore podrían cancelar algunos de sus eventos, pero de momento esto no ha sucedido.

Jessica Nilsson, quien trabaja en una agencia de publicidad francesa en la capital mexicana, relató que muchos de sus compañeros de oficina fueron a trabajar ayer con mascarillas para protegerse de la epidemia, algunos llevaron desinfectante de manos, y todos evitaron saludarse de mano o beso.

"En la mañana nos enviaron un correo electrónico donde nos pedían que si teníamos cualquier síntoma nos fuéramos de la oficina y acudiéramos al doctor", señaló Nilsson, quien además tuvo que asistir a una reunión informativa con un médico que les explicó los pormenores de la enfermedad y métodos para prevenir el contagio.

Marta Lucía Serrano, una colombiana empleada de una firma de relaciones públicas, narró que en su oficina la paranoia llegó a tal punto que una de sus compañeras de trabajo decidió ausentarse del trabajo e ir a comprar provisiones a un supermercado porque su esposo le advirtió que "iban a cerrar la ciudad".

Ana María Rozo, quien trabaja en el departamento de mercadotecnia de un reconocido sello discográfico, fue devuelta a su casa por tener síntomas de una gripe que, asegura, pescó en un viaje a Sudamérica la semana pasada.

"Estoy en mi casa mirando para el techo porque no me dejaron trabajar", dice medio en broma Rozo en una entrevista telefónica. El secretario (ministro) de Salud ha pedido a la población que no asista a eventos masivos.

Teatros, cines y bibliotecas de carácter público han cerrado durante todo el fin de semana en la capital mexicana y el metro ha anunciado que bombeará más aire a los vagones.

Las grandes cadenas de cine sí continuarán con sus actividades normales, a menos que se les instruya lo contrario; los espectáculos dependientes de Ocesa, la mayor empresa promotora del país, también se llevarán a cabo.

Las redes sociales como Facebook se han convertido en otro termómetro de la psicosis colectiva en torno al brote epidémico, y son frecuentes las preguntas sobre si las reuniones planeadas por muchos amigos para anoche se mantendrían o si, por el contrario, lo más prudente es quedarse en casa viendo una película con una manta.