Parece inevitable que en los gobiernos se presente la discusión sobre la forma de coordinar la gestión con la comunicación de la gestión. Hoy los políticos en general están mejor preparados técnicamente y entienden que la comunicación pública ha alcanzado niveles altos de desarrollo científico y que hay mecanismos bastante precisos a los que conviene acudir o, lo que es mejor, dejarse asesorar por los expertos. San Juan ha crecido mucho en ese sentido sobre todo por los esfuerzos recientes de la Universidad Católica que inicia el tercer período de su diplomatura en comunicación y liderazgo trayendo a la provincia a los mejores expertos de habla hispana y que no son teóricos sino que trabajan en campañas concretas desde México hasta España y toda Latinoamérica. En estos momentos, justamente uno de esos docentes, el sociólogo sanjuanino especializado largamente en comunicación política, Maximiliano Aguiar, es el principal asesor en este rubro en la campaña de Pedro Pablo Kuchinsky. Lo más fuerte de la UCC fue la concreción de un Seminario llamado Comunicación Política en 360 grados cuyo título da idea de algo mucho más amplio que el análisis habitual en una campaña: tener en cuenta las virtudes y defectos del candidato (producto) y de los clientes (electorado). Luego también hubo otra reunión de la que participaron las personas que guiaron los primeros pasos del vaticano hacia el uso de las nuevas tecnologías, entre ellos Guillermo Entrala, el tuitero del papa Francisco.

Pero, volvamos al principio para intentar establecer las relaciones entre la gestión y la comunicación de la gestión. Existen todavía, si bien son pocos, los políticos que creen que se comunica sólo con la gestión. Del otro lado están los que insisten en atribuir las crisis o los problemas a fallas en la comunicación, dando por sentado que están haciendo las cosas bien pero que se las comunica mal. En el análisis de tipo 360 se incorpora un elemento fundamental, que es el contexto, el estudio pormenorizado de todos los factores circundantes al proceso de toma de decisiones en el Estado para calificar en qué medida puede influir en el resultado o en la opinión pública.

En el caso de Macri parece evidente que su deseo de diferenciarse de Cristina le ha hecho evitar durante meses usar la herramienta clásica de echar la culpa de la crisis que se vendría al gobierno anterior. La realidad le ha hecho volver a la antigua fórmula y lo está haciendo ahora, pero ya resulta menos creíble. En los últimos años la población era consciente de que la economía no funcionaba bien pero no puede omitirse que esas políticas, que no eran viables de sostener en el tiempo, permitieron mantener el nivel de consumo. Por ejemplo, todos sabíamos que no se podían mantener los subsidios a la energía por ser la componente principal del agujero fiscal pero seguíamos comprando equipos de aire acondicionado. Ese desfasaje fue tomado a la ligera desde la comunicación del gobierno y, al no explicarlo, quedó espacio para ser ocupado por la palabra ‘tarifazo’.

Veamos que eso no ocurrió con la devaluación que, siendo enorme, tuvo la suficiente exposición pública como para que prevaleciera en la opinión general la idea de que había un atraso cambiario y de que había que eliminar la palabra ‘cepo’ con la que se identificó un proceso que permitió la rápida y limpia unificación del tipo de cambio. De ese modo la palabra ‘cepo’ pudo imponerse a ‘devaluación’. Además, al momento de poner remedio al desajuste estructural de las tarifas, el gobierno lo fue haciendo de a un mazazo por mes de tal manera que ha logrado mantener el temor a lo que vendrá. Luego, visto en apuros por la presión de los gremios y hasta por la reaparición temprana de la oposición que vio la oportunidad de atacar, el Presidente pidió pública y enérgicamente a sus partidarios y funcionarios que salieran a defender al gobierno y a comunicar. Error. El proceso de comunicación debe concurrir paralelo al de la acción o anticiparse, dado que la sorpresa debe quedar sólo para las cosas positivas.

Si bien es cierto que probablemente la escasez de partidarios no le permite al PRO usar las herramientas que tienen el justicialismo y la UCR, también lo es que no se ha notado un compromiso fuerte de los leales, como si temieran algo. Es posible que allí haya faltado el despliegue de un proceso necesario de comunicación interna imprescindible para sellar el amor de los amigos que necesitan, antes que los demás, estar informados. ¿Será esto algo deliberado como sostienen algunos de los dirigentes consultados? Suelen decir que luchan por no seguir los caminos de Cristina en ningún aspecto porque ganaron diferenciándose de aquella avalancha ideológica que terminó cansando a la gente con cadenas nacionales y actos de motivación.

Pero, otra cosa que llama la atención es la ausencia de la tradicional campaña de avisos publicitarios, afiches, etc, con los cuales se intenta trasmitir sensaciones positivas y esperanzadoras que ofician como protectores hepáticos para digerir los malos tragos. Bien se dice que cuando no hay nada para repartir, hay que repartir moral y hasta ahora tímidamente lo vienen intentando el Presidente y algunos ministros (no todos) pero sin el apoyo de un aparato propagandístico que usan todos los gobiernos del mundo y que forman una parte inescindible de la gestión. Ojo, que en la gestión también hay algunos problemas y contradicciones. Uno grave es que en momento de recesión se haya detenido hasta la obra pública de infraestructura que tenía financiamiento externo asegurado y que no necesitaba fondos propios. En este caso tal vez hayan operado simultáneamente la falta de experiencia de algunos ministros y el deseo de no autorizar desembolsos hasta no revisar todo. Pero han pasado 6 meses y la rueda no gira causando gran daño a un sector tan dinámico como la construcción. Finalmente digamos que el gobierno está cometiendo el error de intentar ganar los debates con estadísticas sin apelar a las emociones que surgen del marco del contexto como por ejemplo la cuestión del empleo. Si uno pasea por el centro y nota que sobran locales para alquilar, es muy probable que tienda a creer que ha disminuido la ocupación por más que los casos tenidos en cuenta no sean estadísticamente importantes. Es cierta la afirmación de que no se está frente a una emergencia en este rubro como para justificar leyes de protección pero en éste, como en otros casos como la inseguridad, la sensación termina ganando el partido. Para terminar, Macri debe vetar una eventual sanción de una ley de protección del empleo. No porque pudiera ser mala sino porque consentiría el marco de referencia que le da la oposición. Dicho de otra forma y siempre desde la comunicación, estaría asumiendo el lenguaje y las prácticas del adversario.