Acabamos de ser testigos de un acontecimiento histórico que dejará en todo el mundo, y para generaciones futuras, un ejemplo de convivencia pacífica, en el marco del denominado "’Diálogo interreligioso”. Un grupo de 45 personas, todas ellas de nuestro país e identificadas con el catolicismo, el judaísmo y la religión musulmana, viajaron a Tierra Santa y luego se reunieron con el papa Francisco, en su residencia de Santa Marta, para informarle sobre la iniciativa de mostrar al mundo el modelo de convivencia argentino viajando, precisamente, a una de las zonas más conflictivas del mundo.
Se dice que una cosa es teorizar el diálogo interreligioso, y otra es una iniciativa de acción como la que hizo este grupo, de hombres y mujeres, tan heterogéneo al punto que estuvo integrado por dirigentes de comunidades religiosas, empresarios y dirigentes políticos. Formaron parte de la delegación diputados oficialistas y de fuerzas opositoras. También miembros del Instituto Cultural Bonaerense; del Instituto del Diálogo Interreligioso; de la comunidad BetEl; del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y de la DAIA.
El grupo se movilizó en primer término por Jordania, Israel y Palestina (Tierra Santa), y luego llegó al Vaticano donde fueron recibidos amablemente por el Sumo Pontífice. En la ocasión le contaron como había surgido la idea del viaje y como había sido la convivencia entre personas pertenecientes a distintas confesiones religiosas. También se le recordó que fue él quien, siendo arzobispo de Buenos Aires, impulsó y apoyó el diálogo interreligioso, acción que en esos momentos alcanzaba su máxima experesión.
De acuerdo a lo manifestado por la comitiva existe el firme propósito de canalizar todo lo vivido para seguir afianzando el diálogo interreligioso y la convivencia en la Argentina. También hicieron público el principio de que no hay que importar a la Argentina el conflicto de Medio Oriente, sino exporta el testimonio argentino de que es posible la convivencia en paz de personas de distintos credos, capaces de vivir armónicamente.
Se pretende que esta experiencia, más que un ejemplo, se constituya en una enseñanza para todo los hombres del mundo, especialmente, para aquellos que hacen de la diferenciación religiosa su causa para eternos enfrentamientos o actos de agresión permanentes. Hay que entender que éstos ya no tienen lugar en esta época, en la que los hombres deben aprender a convivir en paz, en un marco de respeto mutuo y de hermandad entre los congéneres de la raza humana.
