Carpa iglú para cuatro personas con sobre-techo de material impermeable: 139,99 pesos de contado o seis pagos de 27,30. Entrada al camping por carpa por día: 5 pesos (en promoción). Mesa para camping con cuatro banquitos: 250 pesos. Protesta social: no tiene precio.
Con el permiso de los creativos de la tarjeta de crédito, la cuenta de arriba es sólo una parcialidad de los recursos que, desde hace un par de meses, comenzaron a desplegar las movilizaciones piqueteras. Del simple y llano corte de calles pasaron al "acampe" en alguna arteria céntrica, lo cual garantiza una larga estadía con mejores condiciones de habitabilidad. La flamante creación es patrimonio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, al menos por ahora. La modalidad aún no llegó a San Juan, pero no tardarán en aparecer los imitadores locales. Tamaña afirmación no pareciera ser una aventura, a la luz de los antecedentes.
Cualquier gesto de disconformidad está llamado a explotar en la calle y su efecto, sin importar la magnitud del conjunto que reclama, impacta al ciudadano común. Cosa rara esa de diferenciar entre el que reclama y el que no lo hace, porque en ambos casos hay bolsillos flacos y deudas gordas. Pero el contraste surge precisamente a la hora de manifestar el malestar. Entonces, el corte de calles se presenta como la medida más eficaz.
Así lo justificó la semana pasada la titular de la Asociación de Amas de Casa, Lucía Fábregas, en pleno piquete frente a la Gerencia de Empleo (Mitre pasando Entre Ríos) junto a la Corriente Clasista y Combativa. "¿Por qué no va a la puerta de los colegios privados a la hora de entrada o salida y se fija si se puede pasar por ahí?", reprochó la dirigente social al periodista que se atrevió a cuestionar el corte de calle. La respuesta, obvia, apuntó que ambas cosas están mal.
Las vendedoras ambulantes de calle Tucumán quisieron también cortar Avenida Libertador la semana pasada, dispuestas a pagar el precio de exponer a sus hijos a un eventual enfrentamiento con la Policía. Si el golpe de algún uniformado iba a parar sobre una criatura, la palabra hubiese saltado unívoca de cualquier boca: "represión".
En semejante maraña, los dos ejemplos anteriores son tan sólo eso. Los reclamos contra el poder le pegan primero al igual. Es verdad, algunas veces, el apriete funciona y el resultado desalienta cualquier otra vía de petición. Los oídos sordos de la autoridad abonan las protestas sociales. Y la creatividad, lejos de volver las cosas a su lugar, aporta formas agravadas. El acampe, sin ir más lejos.
