La irracionalidad con la que actúan algunos individuos que son parte de nuestra sociedad, destruyendo el patrimonio público que está a su alcance, no sólo provoca indignación en el resto de la comunidad sino que lleva a que nos preguntemos cuáles son los factores que inciden para este tipo de comportamiento. Es evidente que hay un sector de la población cuya decadencia moral lo lleva a perder el sentido de lo que es correcto o incorrecto.

En los últimos días hubo una serie de actos vandálicos en nuestra provincia donde la destrucción parece ser parte de un estilo de vida, como si fuera inculcado a los autores desde muy pequeños, por lo que se hace muy difícil modificar este reprochable comportamiento. Se han observado hechos vandálicos en los paraderos construidos a lo largo de la Senda del peregrino, en el camino al paraje Difunta Correa, en donde, entre otras cosas, están desapareciendo las parrillas de hierro.

Lo mismo ocurrió en los refugios instalados en la Ruta del sol, en Rivadavia, objeto de desmanes cuando todavía no han sido inaugurados. Todo esto, sin contar las incursiones de los depredadores contra la propiedad privada.

La Plaza Hipólito Irigoyen, en Capital, también ha sufrido el ataque de los inadaptados, a pesar de que este paseo público cuenta con vigilancia policial y personal municipal que trabaja en la limpieza de los baños públicos que allí funcionan, según lo informado por funcionarios de la comuna.

En el departamento Caucete, los vándalos se han ensañados con varios paseos públicos, entre ellos la Plaza del Adulto Mayor, donde han destruido un enorme cartel en el que se anuncia el inicio de su remodelación. Otra plaza atacada es la del Barrio Enoé Mendoza, donde entre los daños más lamentables está el de un columpio para niños en silla de ruedas, que ha sido totalmente destruido sin ninguna contemplación.

La lista de estos atropellos continúa, pero de nada sirve la enumeración si de una vez por todas los organismos responsables de la educación y de orientar a los jóvenes, fuerzas de seguridad, instituciones de bien público y, fundamentalmente, los padres no emprenden una acción en conjunto destinada a recuperar los valores que naturalmente tienen que regir a una comunidad.

Se trata de una tarea que hay que comenzarla desde lo más básico, hasta llegar a influir en las generaciones que son las que actualmente no respetan las normas y que se escudan en que nuestra sociedad todo está permitido.