Se conmemoró ayer en todo el mundo el "Día del Trabajador", una fecha que recuerda lo sucedido el 1º de mayo de 1886, cuando en Chicago, Estados Unidos, un grupo de trabajadores organizó una manifestación reclamando el cumplimiento de una ley que fijaba en ocho horas el máximo de la jornada laboral. La celebración es una ocasión propicia para reflexionar sobre la realidad del trabajo y el drama del desempleo.

El mes pasado el Indec señalaba, que en nuestro país ha crecido la cantidad de desocupados y subocupados. Según las mediciones de la segunda mitad de 2009, cuando aún no se había puesto en marcha la Asignación Universal de 180 pesos por hijo, la tasa de ocupación en la Argentina era del 41,9 por ciento. Además, entre los que tuvieron empleo creció el número de subocupados, es decir aquellos que trabajan en forma esporádica, pocas horas.

En el tercer trimestre de 2009 el subempleo subió del 8,5 al 10,5%, y en el cuarto trimestre, del 9,1% al 10,3%, especialmente en la franja de los que salieron a buscar trabajo a tiempo completo y no lo consiguieron. Según el Ministerio de Economía, el año pasado, el número de desocupados aumentó de 1.174.000 a 1.340.000 casos.

El mundo en general se encuentra hoy frente a un escenario económico y social distinto al de la revolución industrial. Bajo el influjo de la globalización y de las nuevas tecnologías, la economía se ha transformado en un ámbito en el que la información y los servicios ocupan un lugar preponderante. El conocimiento y la capacidad tecnológica se han convertido en la verdadera clave de acceso al trabajo en el nuevo milenio. Pero frente a las transformaciones económicas y sociales, no se puede evitar preguntar respecto a, sobre qué hombre y mujer queremos fundar nuestra civilización y la cultura laboral.

Él trabajo no es sólo un medio para vivir con dignidad, sino una actividad cultural, y el espacio en el que se pueden expresar la personalidad, la creatividad, la libre iniciativa y los conocimientos de cada uno. Ninguna estructura económica puede subsistir menoscabando la dignidad y las necesidades profundas de la persona.

Una sociedad crece en calidad humana cuando el Estado, los sindicatos y los empresarios, sustituyen las demostraciones demagógicas de poder o de lucha, para buscar que a través del trabajo digno, la persona humana sea enaltecida en su dignidad, prestando particular atención a las personas más vulnerables, como son los niños, las mujeres y los inmigrantes.