Cultura y arte son dos de las palabras a las que peor les va en estos últimos tiempos. Cuando salvajes de aerosol en mano la emprenden contra casas particulares, elementos de uso público en parques, paseos y edificios históricos, trenes, o escuelas y colegios se pretende que se trata de "arte urbano”. No tenemos más que mover la cabeza de un lado a otro guardándonos la indignación, mordernos la rabia y dejar que suceda.

Cuando en una universidad realizan una clase de sexo explícito, es cultura. Parecería que en nombre de la libertad falta decretar el "todo vale” y entonces aquello que antes nos frenaba ejercitando virtudes como el recato, el respeto, el pudor y tantos otros valores vilipendiados hoy, tenemos que guardarlo en el arcón de los recuerdos porque es obsoleto. Claro, la explicación es que hemos sido reprimidos tantos años que -tal como pasó con el destape español- tenemos que largarnos a tontas y locas a aceptar esto que quieren llamar arte y cultura hoy.

Viene un tipo y pone desnudo a un gentío en plena avenida porteña para tomarles una foto y es arte. Viene otro y exhibe penes en lienzos, penes con ojos, con caras, con accesorios, y es arte. En el teatro danzan vaginas y tenemos que estar felices. Y tenemos que decir amén y está genial, y los que promueven esto son artistas. Nadie tiene derecho a decir nada. Porque discriminamos. Porque somos retrógrados. Porque las cosas han cambiado.

Los tatuadores creando sobre piel, los que desfiguran rostros con cosas clavadas que suelen infectarse y dañar, los que compiten por el Guiness en cuanto a cantidad en todo el cuerpo, los que usan elementos que pueden ser sumamente peligrosos para la salud…son artistas. ¡Qué vano y vago es el concepto de artista en estos tiempos! Mientras más desfiguremos al estilo surrealista lo que se mira, lo que realmente se ve, lo que se escribe, lo que se esculpe, lo que se pinta, ¡mejor! Tiene que ser grosero, grotesco y debe horrorizar, sacar del letargo quizás a los amodorrados sentidos libidinosos de muchos, incitar a los "pavos” que aun no se "avivan” del sexo como mera genitalidad y sin responsabilidad etc. Tiene que incitar. Tiene que obligársenos a soportar a los que no queremos eso o no vemos en eso ni el arte ni la cultura que proponen o que mejor dicho imponen. Porque no podemos negarnos, como tampoco evadirnos. Estamos siendo obligados a aceptar lo malo por bueno y lo bueno por malo. En nombre de una transculturación, vamos por el hombre que se siente mujer, la mujer que se siente hombre, la nena que desde los tres años "sabe” que quiere ser nene.

Si en la década del setenta se hablaba de subversión, esto de hoy es el reino de la subversión, es subvertir valores, rebajarlos, execrarlos. Lo que más molesta es que en aras a llamar cultura a cualquier cosa, ese tipo de planteos venga a atormentar el pensamiento fresco y nuevo de nuestros niños en formación y luego en la adolescencia en el nacimiento de su sexualidad.

Cuando uno ve cómo muchos bajan la cabeza, azorados, sin reacción ante los avances desenfrenados del "todo vale” se pregunta ¿dónde está el respeto hacia cómo pienso si me quieren imponer lo que pensar? ¿Dónde están las raíces culturales verdaderas de un país que todavía habla de identidad porque no la tiene totalmente definida? ¿Por qué hay que aceptar lo inaceptable? ¿Solo por capricho de unos pocos? ¿Por qué todo tiene que ser agresivo y por qué el sexo parece que lo tenemos tatuado en la frente? ¿Es tanta la carencia de expresión sexual pura y simple en lo íntimo, en lo privado, que hay que trasladarlo a la vida de otros, al día a día de otros por simplemente impactar y transgredir? ¿Será tal vez carencia de amor? Porque la cultura, se basa, se cimenta, en el amor por lo nuestro, por nuestras tradiciones por nuestras costumbres pero…¡nuestras! No inventadas ni foráneas, no forzadas ni inmunes a la crítica.

La cultura y el arte se nutren, se alimentan mutuamente de lo nuevo pero también de lo que pasó, de lo que alguna vez valió, de lo que alguna vez nos dio un perfil de país, de provincia, donde fueron quedando cosas. El quedar, el permanecer en el tiempo, es legar. En los últimos tiempos todo es tan pasajero y tan fugaz que no estamos dejando un legado, o quizás sí, uno de olvido y pobreza de espíritu. Una "nada superadora” por otra nada en ciernes, que en orden a querer pasarle topadora a lo de antes, pulverizándolo, apabullándonos con imagen, sonido, tecnología y desenfreno, sea instante y nada más.

Sería interesante recordar que el hombre -sea en la época que sea- hace cosas para trascender y que lo fugaz que se elimina con un "click’ no llama a la trascendencia. Que no se llama cultura solo al efecto momentáneo ni es arte lo banal y de significado efímero, sino a lo que hace vibrar al intelecto perdurando en el tiempo más allá de lo que un rayo de sol dura en los ojos al cerrarlos para volver a abrirlos en la confianza de que volverá la luz sin herir, sin dañar, sin robarnos esencia, cuando realmente confiamos en su claridad.