Argentina sigue perdiendo no sólo la batalla contra la droga, sino la lucha contra el narcotráfico y la violencia que siempre lo acompaña, de acuerdo a lo que revelan resonantes acontecimientos. El consumo de drogas ilegales, entre ellas la cocaína, sigue en aumento, incluso entre los estudiantes de nivel medio.
Según los resultados de estudios preliminares, realizados por la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), en la última década creció 131 por ciento el consumo entre los alumnos de colegios secundarios. Por increíble que parezca, cuando se habla del consumo de cocaína pocas veces se formula la pregunta esencial: ¿por qué se consume tanto? Y son muy pobres y, sobre todo, escasas las respuestas que ayuden a entender las causas de tanta demanda.
Es claro que la lucha contra el narcotráfico es deber de toda sociedad que sienta un mínimo interés por la salud de sus miembros. Lo mismo pasa, por ejemplo, con la lucha contra la trata de mujeres, el trabajo esclavo y tantas otras actividades oscuras que, sin embargo, cuentan con un mercado de consumidores que demandan el producto, mercado que merece un análisis tan profundo como debiera ser el combate contra los que se enriquecen con industrias tan sórdidas.
La cocaína, como todas las drogas peligrosas, ayuda a seguir y nunca parar. Ayuda a que lo que duele no duela, a que lo que es temible no se sienta temible, propicia que lo que es frágil se disfrace de fuerte y apunta a una vivencia de omnipotencia que apoya, en términos emocionales, el ideario moderno de "ir para adelante" sin parar ni sentir.
Aceptar las grietas de nuestra condición, permite que la vida se sienta viva, y no sólo se la perciba como una película lejana, agobiante y vacía, tal como la sienten los adictos después de los 40 minutos de gloria posteriores al consumo. Aquí vemos entonces cuánto hay por hacer en relación a la cultura de consumo, exitismo y blindaje emocional que allana el camino a drogas como la cocaína, además de perseguir implacablemente a las organizaciones de narcotraficantes y curar hombres y mujeres caídos en la pesadilla de la adicción.
No hay mejor remedio que el entusiasmo y las ganas de vivir cuando de calidad de vida se trata. Más entusiasmo, menos droga. Más luz, menos oscuridad.
