Estamos lejos del escenario de las democracias maduras, en las que al menos dos fuerzas políticas de sesgos ideológicos diferentes, pero alejadas de los extremos, se suceden en el poder. Ocurre que el bipartidismo que rigió entre nosotros en las últimas décadas ha diferido de este esquema.

El justicialismo ha prevalecido largamente como una fuerza basada en el poder sindical y en los sectores populares, con una creciente flexibilidad para albergar corrientes de diverso signo. El centenario radicalismo, que supo canalizar históricamente las expectativas de los sectores medios, ha perdido predicamento y parece errático en su lucha por lograr reponerse de la severa crisis que atraviesa desde 2001. Si durante años pugnó por consolidarse una tercera fuerza, hoy parece faltar una segunda.

Pero la oposición abierta y declarada no tiene margen para esperar cruzada de brazos la oportuna decisión de los tiempos políticos. Cada una de sus expresiones debería aprovechar para reflexionar acerca de su situación actual y los posibles errores cometidos, además de trazarse un camino lógico de propuestas e ideas con vistas a las próximas elecciones de medio término y a la renovación de cargos ejecutivos en 2015.

Es preciso organizar y fortalecer las estructuras partidarias, para procurar que la política no termine siendo sólo una puja entre liderazgos caudillescos. Los partidos deberían tratar de conformar una red de suficiente despliegue territorial, lo que implicará naturalmente la gestación de acuerdos. Para esto resultará prioritario lograr coincidencias básicas sobre ideas y propuestas referidas al amplio abanico de cuestiones que afectan la vida de la gente, más allá de los relevantes temas de la agenda institucional. El mérito de este esfuerzo residirá no sólo en alcanzar un resultado, sino en transitar el benéfico camino del debate de ideas.

Finalmente, hará falta contar con el elemento humano, los actores políticos capaces de formar equipos y convocar al compromiso y la militancia. Y también con líderes que no se consagran sólo por una decisión unilateral, ni como consecuencia de un acto de aislada inspiración, ni por la portación de apellido o algún reconocido mérito pasado.

Sin desconocer los límites de la condición humana, sería deseable exigir también como patrón genérico que al mérito personal se sume una cuota mayor de grandeza o, si se prefiere, una dosis menor de vanidad. Nos equivocaríamos si creyéramos que los cacerolazos están dirigidos únicamente contra el Gobierno. Son, igualmente, un contundente reclamo a la oposición.