Se murió Alfonsín. Lo que surgió espontáneamente producto de su aporte tituló los principales medios del país: Falleció el padre de la democracia.
Es cierto, pero me permito invertir los términos. Alfonsín hizo gala de la "democracia del padre", esa que admite no ser siempre justo con todos pero sí buscar siempre la justicia, delicado equilibrio cuando se trata de una nación con al menos una expectativa per cápita.
Hizo lo que debía y no lo que quería. Dio muestras, dejó testimonio, no buscó el elogio, se ganó y acató los silbidos de la muchedumbre que le criticaba la crisis económica de su gobierno, que cedió, grandeza democrática por medio, a una fórmula ya electa en las urnas.
Aplicó la democracia del padre que viendo el desmadre inminente de los hijos de su tierra, resignó 6 meses de Primer Mandatario por el reconocimiento, tardío, de su defensa de las instituciones. Aparece una paradoja. Nos hemos sentido todos en duelo. Los 100.000 que se lo expresaron a viva voz en las calles y el Congreso, los que pasamos horas viendo en la pantalla la sucesión de gentes y discursos cuando él ya no pudo agradecerlos.
A Alfonsín yo le creía, eso no pasa muchas veces, ¿no es cierto?, en la Argentina de los políticos. Resignó su presidencia, enseñó la prescindencia que amalgama el sacrificio de la propia investidura con la preservación de un modo de vida mas allá de su existencia física.
No quisiera que sea Alfonsín el ejemplo para mis hijos. Los ejemplos se nutren más de anécdota que de trayectoria. Prefiero que sea el paradigma al que en pocas generaciones, Dios así lo quiera, venga otro "Alfonsín" a superar en cualidades y hechos su gigante talla democrática.
Que sirva su muerte para tomar el compromiso moral y social de rescatar y retransmitir el legado de los insignes de nuestra historia argentina, todos los días, todas las tardes, todas las noches.
Quizás Alfonsín merezca que el día de su muerte se recuerde a escala nacional como el Día de la Democracia Argentina. Y que los libros de historia digan que ése día hubo tantos argentinos con idéntico sentimiento como el 10 de diciembre de 1983, cuando juró como Presidente de la República, compromiso del cual hizo honor hasta su último suspiro.
