Existe un principio fuertemente arraigado en la conciencia social de que un juez de la Nación no debe ser visto en lugares tales como un casino, un hipódromo, una casa de tolerancia o en espectáculos mediáticos. Quien ejerce el delicado oficio de juez debe guardar recato inherente a su función.

Resulta por demás imprudente el hecho que el juez Norberto Oyarbide haya asistido a un recital del conocido cuartetero la "Mona” Giménez en Córdoba, el pasado fin de semana, haya subido al escenario a tocar un tango y apareciera bailando y entonando el clásico "Beso a beso” a dúo con el cantante cordobés. Ya el año pasado, paseando por el Carnaval de Gualeguaychú, este juez fue insultado por archivar en tiempo récord la causa por enriquecimiento ilícito contra el matrimonio de Néstor y Cristina Kirchner.

No hay ideal más elevado que el de la Justicia. De ahí la responsabilidad moral que pesa sobre los jueces, que asumen la dignidad de impartirla a los demás. Para ejercer con equidad esa excelsa función, los magistrados deben someter sus pasiones y a veces hasta sus criterios y creencias personales a una normativa más alta que la de cualquier sistema meramente formal de valoración de las conductas. A lo largo de la historia las virtudes del buen juez se han mantenido inmutables, pero la forma en que la sociedad las percibe se ha ido tornando cada vez más compleja. En medio de una creciente confusión de valores, obligados a moverse en un terreno muchas veces cenagoso, los jueces enfrentan desafíos cada vez más severos.

Es imperioso recrear el tiempo en que las conductas intachables eran lo habitual en el ámbito tribunalicio y en que era común que la mención de ciertos jueces moviese a respeto y encendiese deseos de emulación en quienes se iniciaban en la judicatura, a la vez que establecía una pauta de incontrovertida autoridad ante la ciudadanía y aún entre los abogados litigantes. "Ese señor es un juez”, decían con unción los padres a sus hijos intentando transmitirles el respeto con que debe verse a alguien a quien se ha confiado la excelsa tarea de administrar justicia. Eran los tiempos de una República en la que se reverenciaban los valores morales y espirituales.

En momentos en que el Poder Judicial está cuestionado por la ciudadanía, y con sobradas razones, sus miembros deberían esforzarse y extremar sus cuidados para no enturbiar aún más su imagen.