Al menos una de cada tres mujeres en todo el mundo ha sido golpeada, coaccionada sexualmente o ha sufrido otro tipo de abuso en su vida. La violencia contra las mujeres y las niñas es un problema con proporciones de epidemia, quizás la violación de los derechos humanos más generalizada de las que conocemos hoy.
Un grupo de coreanas, desde 1991 piden al Estado japonés el reconocimiento de su responsabilidad legal por los crímenes sexuales cometidos contra miles de mujeres que, como ellas, fueron secuestradas y trasladadas a "Estaciones de Consuelo” que funcionaban en los campos de batalla, durante la Guerra del Pacífico (1937-1945). Allí, las entonces adolescentes de entre 12 y 20 años vivieron encerradas y fueron abusadas sistemáticamente por soldados nipones. Muchas de ellas murieron, y las que sobrevivieron se refugiaron en el silencio durante décadas. Aunque en 1991 el secretario de gabinete japonés Kato Koichi admitió y se disculpó por el involucramiento de las fuerzas armadas japonesas en la cuestión, y su sucesor Kono Yohei hizo lo mismo el año siguiente, el gobierno de Japón no asumió la responsabilidad legal.
Otro atropello a los derechos humanos de la mujer quedó demostrado en el rostro de la joven que apareció en la portada del último número de la revista Time. Aisha tiene 18 años, pero a los 12 fue entregada, junto con su hermana, a un caudillo talibán de acuerdo a la costumbre tribal llamada baaz, que sirve para arreglar conflictos entre clanes. Al llegar a la edad núbil, fue desposada a la fuerza con el caudillo pero, dado que él estaba en guerra, Aisha y su hermana fueron enviadas a casa de sus cuñados, quienes las encerraron en un establo y las violaron.
Para evitar nuevos abusos, huyó y se refugió en Kandahar, donde su marido la encontró el año pasado. Tras llevarla a casa, le hizo pagar lo que consideraba su deshonra. En la tradición pastún, se dice que una persona que ha deshonrado a otra no tiene nariz y así, mientras el cuñado sujetaba a Aisha, él le cortó primero las orejas y luego la nariz. La violencia contra la mujer es actual, generalizada, sistemática e incluso autorizada.
El reto más importante sigue siendo pasar de la conciencia de que se trata de una violación de los derechos humanos y un delito a hacer de la violencia de género algo inaceptable para la sociedad y contrario a sus normas, pues se trata de una laceración de la vida humana.
