A diario se producen actos violentos en el ámbito escolar y cada vez cuesta más lograr en las aulas el silencio imprescindible para aprender. Niños y jóvenes reciben cotidianamente convincentes lecciones, desde su entorno real y del no menos real de las pantallas, que les enseñan que la violencia y los gritos son el método para resolver los conflictos.
François Bayrou, ex ministro de Educación de Francia afirmó: "La sociedad es cada vez más violenta y bulliciosa y en la escuela resuena el eco de esa violencia y de esos ruidos. Se debe responder con educación, positiva y fuerte a la vez. Hacer respetar los principios, sin temor a reafirmarlos y mostrando a los niños de la forma más clara posible, que el orden de la escuela no puede ser el desorden de la calle".
Esto refleja una reacción ante quienes preconizan la necesidad de "abrir la escuela a la vida". Ahora comprobamos que, al abrir esas puertas, ingresaron en el aula los valores que nuestra vida social exhibe a través de la televisión: droga, corrupción, las pandillas, la tontería y, sobre todo, la violencia.
Para que los niños se "expresen, liberen y afirmen" se les privó de referencias. Olvidamos tal vez que los niños son lo que se hace de ellos, lo que logran construir en función de las dificultades que encuentran y de las obligaciones que se les imponen. Cuando éstas desaparecen, se alienta la violencia. Las normas morales se resquebrajaron cuando la educación perdió su función tradicional en la formación de los jóvenes.
Antes, padres y maestros asumían el deber de transmitirles un cuerpo de conocimientos y valores, de introducirlos a la cultura y de desarrollar en ellos el respeto por la condición humana. Estos objetivos se cumplen cada vez menos porque se erosionó la jerarquía moral imprescindible para que los adultos puedan ejercer su autoridad.
El especialista en educación e ilustre profesor de la Universidad de Florida, Clifford Madsen, escribió un libro que fue best seller en los EEUU: "Enseñanza y disciplina". Durante las últimas décadas, Madsen observó que la indisciplina escolar perturbaba plenamente el proceso de aprendizaje y privaba a los niños de adquirir las conductas indispensables para desarrollar una productividad personal. Según un informe realizado en 24 países por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), uno de cada cuatro profesores confiesa que pierde hasta el 30% del tiempo de la clase en corregir el mal comportamiento de los estudiantes.
Educar no es solo enseñar a leer o a escribir, sino también a disciplinar para vivir.
