Fueron momentos tensos, llenos de emoción y también de bronca por lo que les tocó vivir. Pero las víctimas del horror de la dictadura lograron sobreponerse a las lágrimas, en algunos casos, gracias al aliento y al apoyo de sus amigos, familiares y de las otras víctimas que, como ellos, compartieron las mismas vivencias.
Ayer fue la segunda jornada del reconocimiento por los lugares donde funcionaron centros de detención clandestinos durante la dictadura, como parte del megajuicio por delitos de lesa humanidad cometidos en la provincia y que comprendió recorridas por el Regimiento de Infantería de Montaña (RIM) 22, el camping de La Marquesita y el polígono de tiro del Ejército, todos ubicados en Rivadavia.
Contando con la colaboración del propio jefe del RIM 22, coronel Luis María Bordet, los integrantes del Tribunal Oral, el fiscal, abogados querellantes, defensores y testigos del megajuicio, recorrieron en primer término el destacamento militar.
Según la jueza Margarita Camus, fue en ese lugar que su propio padre la llevó y pudo reconocer la oficina en la que uno de los acusados en el proceso, Jorge Olivera, le dijo: ‘Listo, perdiste tu oportunidad y ahora la información la vamos a tomar por otros medios‘. Después vendrían las sesiones de tortura y los simulacros de fusilamiento, pero en el Penal de Chimbas. Cuando recordó esos momentos, se emocionó y sus hermanos fueron los primeros en apoyarla.
Después, en uno de los pabellones del destacamento militar, donde ahora hay una cancha de fútbol de salón, otras dos mujeres recordaron con emoción los días de cautiverio, siempre vendadas y con las manos atadas. Cristina Leal recordó que en los interrogatorios un grupo de militares, a los que nunca pudo ver pero que tenían un fuerte aliento a alcohol, la desnudaron y se la tiraban unos a otros en un juego que tenía por objeto quebrarla y que delatara a sus compañeros en el Centro de Estudiantes de Sociales.
Virginia Rodríguez contó que escuchaba los gritos de sufrimiento de los hombres que torturaban en una oficina cercana. Entre los torturados estaba su marido, Oscar Alfredo Acosta. A él le ataban un alambre al dedo gordo del pie y le pasaban un cable con corriente por el pecho y por los genitales, que le dejaron serias heridas. Pero dijo que cuando pudo denunciar la tortura ante el ex juez federal Mario Gerarduzzi, el magistrado le restó importancia.
En La Marquesita, el camping que ahora utiliza la Mutual de Retirados de las Fuerzas Armadas, Eloy Camus, que realizó una investigación sobre aquella etapa negra de la historia relató, porque hay muy pocos sobrevivientes, que era el lugar más temido porque tenía la fama de que quien caí allí luego desaparecía.
Por último, en el polígono de tiro del Ejército, frente al Parque Faunístico de Rivadavia, Héctor Cevinelli reconoció su lugar de detención y recordó las horas de picana y el tormento de la sed porque sus captores no le querían dar agua.
