La sociedad argentina vive en gran parte un grave cansancio moral al constatar que la viveza criolla, manifestada en el oportunismo y la incoherencia, parece sobresalir en el escenario público, privado y en ciertos personajes que afirman ser defensores del bien común.
Alrededor de esa viveza se imbrican una serie de manifestaciones culturales y morales que la forman y contribuyen a mantenerla. Ante todo, la corrupción que se extiende adoptando la forma de prebendas, apropiación de fondos públicos, clientelismo, mala asignación de los recursos estatales y beneficio de los funcionarios. También en el individualismo extremo, con desconfianza en los demás y poca capacidad para asociarnos y cooperar en objetivos comunitarios. La confianza interpersonal es un componente clave del capital social, que es decisivo para el desarrollo económico y el buen funcionamiento de las instituciones democráticas. El debilitamiento de la moralidad común, como desviación social en forma de comportamiento que se aleja de las normas generalmente aceptadas en una sociedad, se traduce en la omisión, alteración o reemplazo de las normas de acuerdo a la conveniencia de algunos.
Borges escribió que "el argentino suele carecer en general de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo". Pero hay ejemplos de honestidad que alientan a seguir pensando y creyendo que son los valores morales los que salvan a cualquier sociedad. La deuda social argentina no es una cuestión económica, sino una crisis existencial de valores y de sentido por la vida. No nos quejemos de la juventud si los adultos no transmitimos desde la familia, la escuela y la conducta individual lo que realmente vale, más allá del porcentaje de gente que lo practique.
Un ejemplo extraordinario que enorgullece a los sanjuaninos es el de Alberto Ríos, el chofer que al encontrar el maletín con 1.800.000 pesos lo devolvió a su dueño. Resultan conmovedoras las palabras con las que expresa sus sentimientos: "Yo empecé a trabajar a los 8 años, con mi papá. Siempre me decía que lo que es de uno es de uno, y lo que no, no. Creo que por eso no pensé en dejarme la plata". Estos son los testimonios de los que se debe hablar en familia y los maestros destacar en sus aulas, para poner de relieve que mientras haya un hombre honesto más habrá un corrupto menos. Alberto Ríos absorbió las enseñanzas de honestidad, coherencia y justicia que recibió en su hogar; por eso prefirió la honradez a la viveza. Lo afirmaba el poeta romano Juvenal (67-127): "La integridad del hombre se mide por su honestidad, no por su profesión".
