El 28 de mayo de cada año se celebra el "Día Nacional de los Jardines de Infantes” y el "Día de la Maestra Jardinera” en homenaje a una de las maestras jardineras de mayor actuación en nuestro país, Rosario Vera Peñaloza, nacida en Atiles, a 9 Km. de Malanzán, en la costa alta de los llanos de La Rioja, el 25 de diciembre de 1873.

Hija de Eloy Vera Pereyra y de Mercedes Peñaloza y Jáuregui y a su vez nieta paterna de Francisco Nicolás Vera y Herrera, los cuales eran miembros de una prestigiosa y extensa familia de hacendados riojanos, fue bisnieta de Nicolás Peñaloza, él que por vía del primer matrimonio de éste era abuelo del General Ángel Vicente "Chacho” Peñaloza, caudillo riojano en tiempos de organización interna de nuestro país.

Rosario fue la menor de cuatro hijos. Nunca llegó a conocer a su único hermano varón quien falleció al poco tiempo de haber nacido. Quedó huérfana de padre a los 10 años y su madre falleció años después. Terminó sus estudios primarios en la Escuela de las hermanas Villascusa en nuestra provincia donde residió en la vivienda de unos parientes maternos.

Regresó a su provincia natal en 1884, ingresando en la Escuela Normal de La Rioja fundada ese mismo año por Annette Haven y Bernice Avery, maestras norteamericanas traídas por Domingo F. Sarmiento. Se trasladó a la ciudad de Paraná donde obtuvo el título superior de Enseñanza en 1894 y en esta ciudad litoraleña comenzó su largo ejercicio en la docencia.

En 1900 fundó el Jardín de Infantes anexo a la Escuela Normal de La Rioja, el primero de una larga serie de jardines instituidos en las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Paraná. Fue directora de numerosas escuelas sustituyendo, a su vez, a cualquier profesor que faltaba a la clase. Rosario dictó cátedras de Pedagogía en todo el país; y, a través de cursos y conferencias, alentó la creación de bibliotecas como complemento de la educación.

Falleció de un cáncer en la ciudad de La Rioja donde se encontraba de visita en 1950 dejando inconclusas algunas de sus mejores obras. En su memoria, la fecha de su fallecimiento: 28 de mayo, se declaró como "Día Nacional de los Jardines de infantes” y "Día de la Maestra Jardinera” en la Argentina. Además como reconocimiento cientos de escuelas en todo el país llevan su nombre.

Los destacados autores argentinos Félix Luna y Ariel Ramírez compusieron una zamba llamada "Rosarito Vera, maestra” describiéndola de esta manera: "Con manos sucias de tiza siembras semillas de letras y crecen abecedarios pacientemente maestra. Yo sé los sueños que sueñas Rosarito Vera, tu vocación, pide una ronda de blancos delantales frente al misterio del pizarrón”.

Su casa fue declarada de interés provincial e incluye los 156 morteros comunitarios aborígenes que se encuentran en el patio y un árbol histórico de más de 400 años.

Marta Salotti, otra docente destacada, editó 12 trabajos científicos tras la muerte de Vera Peñaloza; y, el Instituto Sanmartiniano le otorgó póstumamente el primer premio por su obra "Credo patriótico” y una condecoración por "Vida del General San Martín adaptada para los niños”.

La figura de Rosario Vera Peñaloza mantiene una vigencia pujante como educadora del Nivel Inicial. Gracias a su incansable tarea, se difundió el jardín de infantes en nuestro país. Además, su perfil profesional inquieto y siempre deseoso de aprender es una fuente de inspiración para los docentes preescolares.

Domingo F. Sarmiento, el gran civilizador de América, consideró al jardín de infantes como escuelas preparatorias, como el eslabón que une la educación doméstica con la pública. Aseguraba, el Gran Sanjuanino, que la mujer posee aptitudes de carácter y de moral que la hacen superiores al hombre para la enseñanza de los pequeños. "La naturaleza ha instituido a las mujeres tutoras y guardas de la infancia. Basta que una mujer posea buena voluntad y ligeras nociones de instrucción; el método y los libros suplen lo que les falta”.

En el libro "Guías para Jardines de Infantes” se dice: "A la inversa de nuestras escuelas que comienzan por la lectura, como si fuera ésta el único desiderátum de la educación, y como si el solo medio de llegar a alcanzarlo fuese el prematuro conocimiento de la cartilla, las escuelas jardines recomiendan la música; la voz de la melodía -dicen- penetra en el alma del niño, dulciferando su índole desarma el capricho que es el desorden, y da natural expansión a la alegría de que rebosa educándole la voz, que adquiere, a la vez, que desarrolla este órgano, cierta dulzura melodiosa en vez del destemplado chillido tan propenso en los niños”.

(*) Bibliotecaria Nacional. Matrícula profesional 068.