No existe ciencia superior al conocimiento del propio cuerpo humano, y por ello es imposible comprender cualquier fenómeno biológico, físico y natural, si no prevalece el conócete a ti mismo del filósofo. Células, tejidos y funciones hacen al asombro deductivo desde la creación misma en un entramado metabólico inconmensurable, donde la incógnita siempre ofrece una puerta nueva, advierte una duda y anuncia un encuentro con el despertar del próximo interrogante. El ciclo se eterniza como la vida que habita en cada individuo superior, macho y hembra desde el comienzo de los tiempos, que en el orden regional provinciano inscribe esta condición huidiza, moldeada como una imposición de la inicial corriente germinativa. Se habla sólo el lenguaje ancestral y se ignora cuánto se desconoce sin averiguaciones esclarecedoras y verosímiles como un principio dispuesto por el mismo fenómeno vivencial, que no admite preguntas ni formulismos que hurguen y clarifiquen la biología secular rancia, intolerante, yerma.

Las palabras y las ideas son claras si las personas son claras para sí mismas, conociendo la verdad liberadora -eterna búsqueda-, asumiéndola desde la preconcepción del cuerpo personal íntegro y en permanente diálogo con el cuerpo social.

La educación pública y privada, que ha de ser una sola, no debe permitir ningún tipo de excepción temática ni conjetural. Lo que ocurre en el aspecto de la enseñanza sexual, en el mundo aldeano local extendido al orden ciudadano todo, por una errática actitud moralizante prejuiciosa, produce infinita vacuidad e impotencia en la esencia de la condición social humana. Negar el conocimiento por preconcepto atávico, falso criterio de lo moral y verdadero, juicio esculpido por siglos de callar y silenciar la evidencia (la misma naturaleza del ser viviente pensante), es certificar el absurdo de la barbarie generacional. Si esta es planificada, metodizada y expuesta como valor absoluto sin opuestos ni razones ciertas, la ciencia y la evolución no tienen sentido ni lo tiene la vida misma. La historia de la definición humana de las diferencias sexuales está plagada de artilugios arbitrarios, tanto en lo puramente conceptual como en lo deductivo y demostrable. Y la ciencia, más allá de lo meramente evolutivo, no es en el fondo más que investigación, método, práctica y aprendizaje para el mejor vivir con inteligencia útil y el bienestar como derecho.

La base fisiológica del sexo y las características emocionales es un sano proceso de progresiva capacitación y acondicionamiento, que concede aptitudes y caracteres distintos con temperamento innato. Su desconocimiento se exhibe como un desgarro interior que provoca miedo, desmesura, violencia, descomposición familiar y grupal.

El conjunto social va así camino a un abismo y persona alguna capacitada con estudio y razón lo muestra; quien lo intenta es contenido por el prejuicio del medio, y la ignorancia le impide advertirlo al adolescente, al púber, al adulto indefenso y vacío para inculcar en su ámbito, en sus hijos, lo que desconoce, y no acierta el camino iluminador en un entorno penumbroso. Analizar actitudes sexuales sin culpas originales ni remordimientos, con respeto recíproco y amor frontal y placentero, hizo y hace más buenos a los primitivos animales humanoides con proyección al entorno, su prole y descendencia, aún desconociendo la fisiología elemental y el orden calificado del atractivo humano superior que, por naturaleza, eleva y favorece.

La personalidad y su represión ofrece como una conducta atribuible a su sexo: angustia, sentimiento y dolor. Es un componente inyectado, es un modelo intransferible. Se impone a su condición como a la del niño el riesgo, la fuerza física o el ocultamiento del temor o del miedo. Luego será proyectado y consolidado a su estructura con deformidad e integrado a su propio yo, que a su vez será parte de su descendencia. En el silencio, todos condenados. Cada individuo será educado en la sociedad, o deseducado o asimilado, para aproximarse a esa definida personalidad sexual. Este acento sexológico puede ser ignorado, prohibido o transformado por selección, inhibición, apartamiento o prescindencia de la edad y la clase social. Desvío, búsqueda o perversión y rechazo al molde étnico-social-familiar, donde todo juicio implica una afirmación irrecusable, un abundar en la mediocridad.

Los pueblos simples primitivos no entienden aquello que un sexo debe sentir distinto del otro y, en soledad, sólo perciben su propio yo sensitivo. Nuestra cultura pueblerina persiste en el sentimiento equívoco, egoísta y dormido para ver al ser humano de la cintura para arriba, sin enfrentar otra posición ni criterios expuestos, sin falsas compuertas inhibitorias de andrógenos y estrógenos sueltos. La ineducación social del conjunto de niveles y estratos será su perversa consecuencia.