Quizás el autor-compositor más popular y representativo de nuestra música ciudadana ha sido y continúa siendo Enrique Santos Discépolo, "Discepolín" para todos quienes lo conocieron con su físico "tan chiquito y menudo" según él mismo se auto-mencionara en una de sus tan populares letras. Como porteño de ley que siempre fue, nació en Buenos Aires en marzo de 1901, hijo de Santos, un muy modesto inmigrante napolitano. Desde muy joven se sintió atraído por el espectáculo y apenas cumplidos 16 años comenzó a actuar en aquellas obras de tipo costumbrista que por entonces caracterizaban el ambiente teatral de nuestra gran capital, varias de ellas compuestas por su medio hermano Armando.
Su siguiente paso fue escribir sus propias piezas de tipo sainete, y en 1918 estrenó en el "Nacional" su primer obra teatral, en este caso como co-autor, titulada "El Duende", para continuar posteriormente con títulos tan famosos como "Wunder Bar", "Blum", "El hombre solo" y "Día feriado". Su primer tango apareció en 1925, llamado "Bizcochito", con el cual no logró llamar la atención y muy pronto quedó en el olvido, de tal modo que para la gran mayoría de los amantes del género su primer obra musical fue el tan famoso "¡Qué vachachél", estrenado en Montevideo y grabado casi de inmediato por Carlos Gardel, en Barcelona, en 1927. Con esta obra suele aceptarse que comienza la "era discepoliana" en el tango argentino, con conceptos novedosos que rompieron con todos los moldes precedentes, pues nadie hasta ese momento se había propuesto expresar en forma musical toda la amargura y desolación que se plantea como lucha diaria de supervivencia en una gran capital, donde cada habitante es una isla indiferente a los problemas del vecino.
Su siguiente pieza musical, estrenada en 1928, tuvo una trascendencia excepcional y llevó a su autor al máximo nivel de la fama, sacándolo del anonimato que hasta ese momento lo mantenía relativamente relegado: "Esta noche me emborracho", un éxito notable que luego de su estreno por Azucena Maizani en el teatro "Porteño" fue incorporado al repertorio de todos los intérpretes rioplatenses, entre ellos una cancionista de segundo nivel llamada "Tania" con quien Discépolo inició una relación que culminó en el altar. También Gardel lo grabó en el mismo año de su estreno, esta vez en Buenos Aires, junto con "’Chorra”, consolidando así dos piezas que terminaron para siempre con el anonimato artístico de su autor y constituyeron en su momento una notable revolución dentro del género.
De "Chorra" podríamos decir que es más bien tragicómica y encierra, como prácticamente toda la obra discepoliana, una profunda filosofía notoriamente pesimista que, en casi todos los casos y mal que nos pese resulta, más tarde o más temprano, dolorosamente real. Quizás la única excepción a este acostumbrado y duro planteo emocional lo constituya el hermoso vals "Sueño de juventud", grabado también por Gardel en 1932, cuya letra absolutamente romántica no muestra la ironía ni el amargo desencanto que uno espera siempre escuchar provenientes de Discépolo.
A partir de "Esta noche me emborracho" la fama respaldó toda la actuación de Discepolín y el mismo Zorzal continuó grabando las piezas musicales que fueron sucesivamente apareciendo: "Victoria" y "Malevaje" en 1929, "Yira, yira" en 1930, "Confesión" con la orquesta de Canaro en 1931, "Sueño de juventud" en Barcelona en 1932, finalizando con "Secreto" de nuevo en Buenos Aires en 1933. Pero en mi modesta opinión la obra cumbre de Discépolo, con una letra que aún hoy nos duele por su actualidad cuando leemos las noticias de cada día, es sin dudas "Cambalache", cuya máxima interpretación la escuchamos en la voz de Tita Merello con la orquesta de Canaro, en la cual Tita parece arrojarnos en la cara las duras palabras del genial autor.
Otros tangos que contribuyeron a cimentar la fama de Discépolo y constituyen piezas infaltables en el repertorio de los mejores cantantes del país son "Soy un Arlequín", "Infamia", "Canción desesperada", el muy profundo "Uno” y el sentimental "Cafetín de Buenos Aires" que compuso con la colaboración de Mariano Mores, otra estrella inigualada de nuestro cielo tanguero.
En sus últimos años "Discepolín" tuvo cierta actuación de fondo político, leyendo libretos que le preparaban para la radio Julio Porter y Abel Santa Cruz, los que hicieron más por su desprestigio que por aumentar su fama. No obstante, su recuerdo está intrínsecamente atado a los tangos que compuso, llenando toda una época con frases que constituyen toda una filosofía tan particular y profunda que han determinado se considere a Enrique Santos Discépolo como una estrella insuperable de nuestro universo musical. Su desaparición física tuvo lugar en diciembre de 1951, pero su pequeño físico y su gran nariz permanecen constantemente en el recuerdo de todo amante del tango que se precie de tal, y si bien estamos de acuerdo en que el siglo XX fue un "… cambalache problemático y febril…", siempre nos queda la esperanza de que este XXI nos resulte algo mejor.
