El hecho de vivir no significa "mucho”, es "todo”. La propiedad de estar existiendo -con razonamiento y discurso- trasciende los límites del tiempo y del espacio, y acapara toda la realidad del cosmos, "comprimida” en el minúsculo tamaño del cerebro humano.

El universo está fuera y dentro nuestro -somos parte de él-, se abarca con la vista, con el entendimiento, con los artilugios que para la ciencia crea el hombre; se abarca con todos los alcances de la innata curiosidad creadora, que se alberga en el ser superior evolucionado; el universo se abarca en sus percibidas dimensiones puramente naturales, en todos los horizontes sin límites a que puede llevarnos la imaginación, y se sustenta en la capacidad intelectiva creativa, apuntalada con la subjetividad permanente de la realidad, que permite su comprensión y asimilación.

Asimilar la realidad es compenetración de lo que nos viene de "afuera”, de lo que "ese” afuera nos ofrece y propone durante el continuo entrelace que mantiene el hombre con el mundo -los hechos del mundo-, como constante de vida.

Es el intercambio incesante entre nuestro espíritu -base de la individualidad-, y lo que tenemos por delante como irreversible concreción existencial.

Las grandes cosas, las pequeñas cosas, lo tremendo, lo ínfimo, las naderías, lo superfluo, lo fructuoso, lo irreversible, es el panorama que materializa y virtualiza -con minuciosa cronología- el devenir del ser humano, patentizándolo y trasmitiéndole su apariencia y evidencia, plasmada en el solo acto de la personalidad ejercida.

El vivir se produce en un encuadre dentro de normas naturales y humanas que rigen el subsistir; es la experimentación de un flujo y reflujo que permanente irrumpe en nosotros, marcándonos en nuestra calidad y cualidad de vulnerables criaturas, asistentes obligadas a la "escuela de la vida”.

"Escuela” como vocablo generador -no, genérico-, es un perfil activo de la sociedad, actuando sobre la formación del consenso personal, en un endilgue necesario, imprescindible, para modelar y afianzar los contenidos valorables en cada uno de nosotros, formadores de idealidades y realidades que son conjunción en nuestra racionalidad.

Ligada al añoro de nuestra infancia y niñez, con aulas que albergaban nuestra incipiencia y alborozaban nuestro inocente asombro, con patios que eran praderas para el retozo de puros "cachorros” sueltos, la palabra "escuela” permanecerá viva siempre en nosotros, enmarcada en esos alucinantes albores del ingreso a la vida.

Esa voz -tan guardada en esas remembranzas-, por sus acepciones aplicativas, entra a distinguir numerosas actividades humanas, en inteligencia de sociedades, nucleamientos de adoctrinamiento -grupal o individualizado-, metodologías, sistemas, enseñanza impartida o recibida, principios activos del pensamiento organizado y unificado, asociaciones formativas de ideas, instituciones con predicamento civil, social, religioso, político, moral, ético, artístico, etcétera, que abarcan diferentes inducciones pedagógicas, comprendidas en lo que es el alcance mayor de "escuela”.

Entre las antiguas escuelas filosóficas -nunca igualadas- tuvo especial relevancia la de Platón (c.427-id. 347aC) -discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles-, quien fundó en Atenas una escuela de filosofía que se conoció como Academia, por asimilación al lugar donde funcionaba: los jardines de Academo, héroe ateniense que legó al pueblo sus posesiones adyacentes a Atenas.

Las profundas deducciones filosóficas de Platón, lo llevaron a proponer su "teoría de las ideas”, la cual dio lugar al posterior establecimiento del dualismo entre el mundo de los fenómenos y el de las ideas. Quizás la escuela platónica constituyó la recomposición del pensar filosófico hasta ese momento.

(*) Escritor.