La sabiduría siempre vuelve con su carro de interrogantes y su ración de tesis comprensivas. Algo que hoy necesitamos en todos los continentes del Planeta, sobre todo para tender puentes entre las personas, y así poder avanzar en la diversidad cultural y en el diálogo intercultural como principios generales de sostenible desarrollo y de las políticas, que sin duda han de ser más poéticas, o sea, de servicio a la ciudadanía. Quizás tengamos, para ello que ser más servidores de todos, más tolerantes unos de otros, más auténticos en definitiva, aunque sólo sea para poder refugiarnos ante el mundo de la adversidad.
Porque la cultura es, además, un motor formidable, que ha de estar en el centro de nuestras vidas, de nuestro movimiento, de nuestra razón de ser. En este sentido, se acaba de pronunciar el comisario europeo de Educación, Cultura, Juventud y Deportes, Tibor Navracsics, al identificar la cultura como la joya escondida de nuestra política exterior. No cabe duda, de que para injertar diálogo, hace falta antes tener altura de miras y una buena dosis de concordia. Lenguaje imprescindible en un momento como el actual, en el que todos hemos de permanecer unidos para luchar frente a la radicalización y la construcción de una alianza de civilizaciones contra los que tratan de dividirnos.
Estos esperanzados deseos, fomentará todo tipo de estrategias culturales. Por ello, nos alegra enormemente que la Comisión también propondrá a organizar el Año Europeo del Patrimonio Cultural en 2018. Tenemos que reconocer que en los sectores cultural y creativo, la Unión Europea ya ha financiado muchos proyectos al fomento de las industrias culturales e innovadoras y a la promoción de la plática entre distintos.
La humanidad lejos de rechazar su herencia cultural deberá, aparte de custodiarla, adentrarse en su propia historia. Por eso, estimo que también es una buena noticia que más de mil indígenas de todo el mundo se den cita en la sede de Naciones Unidas, en Nueva York, durante este mes de junio, para analizar los escenarios de paz y de conflicto en el contexto de las tierras, territorios y recursos, con miras a hacer valer sus derechos y obligaciones. Lo que no podemos, ni tampoco debemos consentir, es que se destruya nuestro patrimonio cultural.
Ahí está para bochorno de todo el planeta, tantas zonas destruidas, como el patrimonio cultural de Siria, que no sólo ha forjado la identidad de su pueblo, también es decisivo para la unidad del país. Sin duda, hay que buscar soluciones a nivel mundial, instaurando una verdadera cultura cívica de humanidad, donde el respeto y la comunión entre seres humanos, mediante el activo de una cultura del encuentro como especie, nos dignifique como individuos pensantes. Jamás tengamos miedo de oírnos unos a otros.
Sólo así podremos abrirnos a todas la culturas para concebir cuando menos un mundo más humano, que tal vez en muchas culturas, por no decir en todas, necesite de una renovada ética para poder renacer de tantas inhumanidades vertidas. Desde luego, va a ser importante saber leer la realidad para contestarse uno así mismo y poder ofrecer sin catastrofismos un nuevo revivir en la esperanza de sentirnos solidarios, pues ninguna cultura que se precie reduce al hombre a un mero material humano.
