Este escándalo de corrupción que se dio, en éstos días, en el fútbol mundial de la mano de la FIFA (el máximo organismo futbolero del mundo) llamó la atención de todo ser de este planeta. A muchos no les sorprendió, simplemente porque sabían que se movían grandes intereses que nada tenían que ver con el deporte en sí. Inclusive esto no es nuevo. Ya pasó en otros deportes y, lo que es más escandaloso aún, que haya pasado en los Juegos Olímpicos, donde el COI (Comité Olímpico Internacional) es el que regentea todo movimiento económico.

Toda mentira aparece alguna vez a luz. Eso es ineludible. Por uno u otro camino. Algunas veces por el menos pensado. Como le pasó a Al Capone (quien fuera capo de la mafia), que tiene muchísima similitud con este caso de FIFA: Los fiscales federales de EEUU montaron una ofensiva con el crimen organizado a partir de una maniobra de evasión impositiva. Nueve dirigentes de la FIFA y cinco empresarios fueron acusados de cobrar y pagar, respectivamente, más de 150 millones de dólares en sobornos a cambio de derechos comerciales y de transmisión televisiva de torneos internacionales y además de “vender” Mundiales a plazas determinadas. Lo increíble es que el viernes, en pleno escándalo, el presidente de FIFA Joseph Blatter fue reelegido en su cargo. Lo más seguro es que la impunidad acompañe la definición.

A todo ésto, el deporte se sigue ensuciando cada vez más seguido. Mientras deportistas y clubes tramposos fueron castigados, del atleta Ben Johnson al ciclista Lance Armstrong por emplear sustancias ilegales, de la Juventus de Italia alguna vez por manipular resultados, los dirigentes siempre sortearon impunes las investigaciones y acusaciones de corrupción.

De hecho, el propio organismo futbolístico ya había recibido denuncias internas y externas sin excesivos resultados. “Todo empezó en 1996, cuando los derechos televisión se multiplicaron hasta cuatro veces más”, comentó hace poco el francés Jérome Champagne, principal opositor de Blatter.

Justamente ese año, 1996, la elección de Atlanta -ciudad estadounidense- como sede de los Juegos Olímpicos no estuvo exenta de polémica. Se cumplían cien años de la primera edición de la era moderna de los JJOO y Atenas (Grecia) había presentado su candidatura para poder celebrar aquel centenario en el lugar que los vio nacer. Varios miembros del COI fueron sospechados de haber “vendido” la sede, aunque el caso nunca fue denunciado oficialmente, quedando por lógica impune. Días después, Melina Mercouri, una ministra griega, llegó a afirmar que “la Coca-Cola había vencido al Partenón”, ya que la sede de la multinacional del refresco se encuentra en Atlanta.

Esa trama en sí es bien conocida, pues ya se vivió hace casi 20 años en el seno del COI. En 1998 vivió su caso de corrupción más grave. La designación de Salt Lake City, en Estados Unidos, como sede de los Juegos de invierno de 2002 se cerró con 13 miembros del organismo expulsados. Habían vendido su voto sobre Ostersund o Quebec de la forma más ruidosa posible.

Varios de ellos fueron comprados con mucho dinero, mansiones en distintas partes del mundo o becas para sus hijos y otros fueron vistos acompañados por prostitutas paseando por la ciudad vecina de Utah.