Con el paso del tiempo los hechos -sobre todo los trascendentes- toman el cariz de historia, y se convierten en parte de la existencia de los pueblos; esa historicidad queda referida en el legajo de la humanidad como testimonio de sus aciertos y de sus desaciertos. En el legajo histórico testificativo
de la Argentina está escrito, con caracteres resaltantes, el experimento amargo de la guerra de Malvinas.
A treinta años de que tropas argentinas desembarcaran en Puerto Argentino, podemos hoy, sin ningún tipo de exalte, conjeturar sobre las causas que contribuyeron a la derrota argentina.
Uno de los factores que se juzgaron a favor de la operación, en cuanto a no llegar a una confrontación bélica con Inglaterra, era el "escollo” de los 14.000 kilómetros que la separan de Malvinas, y que marítimamente aquella tenía que sortear. La realidad demostró que fue una errónea apreciación. La estrategia de guerra, que está basada en la concepción y conducción inteligente de las acciones, cuales fueren, había fallado en el principio fundamental del conocimiento del enemigo, a quien de algún modo se desestimó.
En un enfoque sobre el aspecto naval, clave de la contienda en el caso Malvinas, y ya entrando en sus enfrentamientos, veamos qué dice el escritor inglés Nigel West (parlamentario, historiador no oficial de los servicios secretos británicos), autor del libro "La guerra secreta por las Malvinas”, donde expresa: "’… recibí la impresión, muy fuerte, de que las naves madres (Capital Vessels) eran el principal objetivo de las fuerzas argentinas”, siendo que "deberían haber sido las últimas en ser atacadas”, tácticamente hablando. Este desacierto ponía en evidencia la inexperiencia de las Fuerzas Armadas Argentinas, que carecían, además, de la veteranía excluyente de Inglaterra.
En el libro-documento del escritor se lee: "…es una locura ir tras las naves madres”, puesto que "éstas pueden defenderse bien”, dejando de hacer lo que "hasta el más lego en el tema sabe, que lo importante es hundir las naves de suministro y de apoyo logístico”. Este sustentado criterio operativo hace deducir a West que cuando los argentinos hundieron al barco suministro Atlantic Conveyor (transportador atlántico), "estuvieron muy cerca de ganar la guerra”, y agrega, convencido, que "si. la aviación hubiera hundido uno o dos buques de la marina mercante (los ingleses) estábamos terminados”, (…) "Yo creo que en el fondo hubo una combinación de malos cálculos”, y eso fue porque -y muy duramente lo expresa- "…las Fuerzas Armadas Argentinas estuvieron dirigidas por analfabetos (sic) -illiterates- en términos estratégicos”.
Aunque West pospone al adjetivo las palabras aclaratorias "en términos estratégicos”, no deja de sonar áspero, aún cuando nos duela como verdad. Esa apreciación implica una opinión que entendemos no intencionada, desembarazada de influencias y sin parcialismos de ninguna especie. El mismo West dice en cuanto a su respeto y seriedad con los demás: "Como no quiero hacer daño a nadie, siempre remito a los servicios secretos y a todos los que entrevisto, el resultado de mi trabajo antes de publicarlo (…), el libro se escribió solo, y me llevó dos años de intensa investigación”.
Los preparativos y aprestos para la invasión se hicieron en 1981, y, según informes atinentes, en noviembre de ese año estaba todo listo para la empresa. Inexplicablemente la operación se lanzó cinco meses después, de lo cual el escritor británico asevera que "es uno de los grandes misterios de este siglo” (XX), no encontrando "argumentos racionales” para tal demora, puesto que, de no haberse efectuado ese mismo noviembre, el desembarco debió posponerse hasta octubre o noviembre de 1982, cuando las condiciones estratégicas estuvieran de nuevo dadas, y para ese entonces se hubiera presentado la coyuntura de que Gran Bretaña (que ya lo tenía previsto) "habría desmantelado gran parte de su flota, y los Exocet franceses adquiridos por Argentina, ya habrían sido entregados a Buenos Aires”. "(…) Incluso los analistas de Londres llegaron a una conclusión: De haber (Argentina) esperado hasta octubre o noviembre (1982), Gran Bretaña no hubiera tenido oportunidad alguna.
iTreinta años!… Aquel panorama infortunado -encarnado hoy en el dolor de nuestros soldados supervivientes- ha ido dejando paso a una rebelde aceptación de ese destino. La generación que media entre ese ayer y este ahora, aprende de libros una lección mas de historia argentina, casi no emite opinión al respecto, y, por instinto de Patria, la juventud aplicada e inquiriente trasluce una faz de su incipiente patriotismo.
Aquellos que "vivimos” los hechos contemporáneamente -con abatiente realidad- "entendemos todo”, pero llevamos el dejo de una inconformidad latente, que sin renuncias será transmitida a las próximas generaciones.
La guerra de Malvinas será siempre una página neblinosa de nuestra historia, pero dentro de todo, y si ecuánimemente compartimos el aceptable juicio del británico Nigel West, podemos dar razón a sus razones, formadas a través de su minucioso estudio de aquella odisea "infernal", con visos de epopeya pero con trazos de "locura”.
