Juan XXIII, elegido para ser un pontífice de transición, se convirtió en un papa revolucionario al convocar el Concilio Vaticano II, considerado como una reunión clave que le cambió la cara a la Iglesia.
Mañana llegará el reconocimiento que muchos fieles llevaban pidiendo desde la muerte del ‘Papa bueno’, el 3 de junio de 1963, quien será proclamado santo junto con Juan Pablo II, quien le beatificó el 3 de septiembre de 2000.
La muerte del italiano Angelo Roncalli estuvo acompañada de un intenso fervor popular que pedía su proclamación como santo sin pasar por un proceso, pero su causa de canonización se fue quedando atascada en la llamada ‘fábrica de los santos‘ hasta la llegada del actual papa Francisco.
El 5 de julio de 2013, Francisco decidió aprobar la segunda curación milagrosa por la que subiría a los altares Juan Pablo II, pero también canonizar a Juan XXIII, sin que se estudiase un segundo milagro por su intercesión.
Para la beatificación de Juan XXIII, el milagro aprobado fue la curación de una perforación gástrica hemorrágica con fístula externa y peritonitis aguda de la monja Caterina Capitani en 1966. El sobrino del papa Marco Roncalli, biógrafo y autor de varios libros sobre él, explicó cómo la decisión de Francisco no se puede considerar un ‘empujón‘ a la canonización, ya que el mismo prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, cardenal Angelo Amato, indicó que había muchos hechos de gran interés y que el pontífice argentino decidió sólo ‘reducir los plazos‘.
Marco Roncalli explicó que en una de sus conversaciones con el histórico secretario de su tío-abuelo, Loris Capovilla, éste le confió que para él esta canonización no era más que ‘la confirmación de todo lo que vio durante todos esos años: una santidad cotidiana y en una total normalidad‘.
‘Era un hombre capaz de transmitir una paz natural, serena, cordial‘, señaló Francisco al hablar de Roncalli. Son muchas las características que ahora hacen que surjan comparaciones con Francisco, pues tras su elección el 28 de octubre de 1958, con 77 años, Juan XXIII modernizó la vida en el Vaticano, facilitando el contacto del pontífice con la realidad cotidiana.
Renovó el Colegio Cardenalicio al incluir representantes de zonas del mundo tradicionalmente ausentes e intensificó las relaciones diplomáticas del papado con los líderes políticos mundiales, incluidos los soviéticos, por lo que contribuyó a reducir la tensión entre comunistas y cristianos.
Los biógrafos destacan cómo Roncalli ayudó a no empeorar la situación de las relaciones entre la Iglesia cubana y el Gobierno castrista y que no hubo excomunión ‘ad personam‘ para Fidel Castro, como algunos han indicado.
Publicó la primera encíclica en la historia dirigida a ‘todos los hombres de buena voluntad‘, y no sólo a los creyentes.
Dos meses después del inicio de su pontificado, convocó a todos los obispos del mundo a la celebración del Concilio Vaticano II, con el objetivo de promover la adaptación de la Iglesia a los nuevos tiempos y el acercamiento a las restantes religiones cristianas.
Pero para los fieles católicos, el ‘papa bueno‘ fue aquel que se asomó por sorpresa el 11 de octubre de 1962, mientras se celebraba la apertura del Concilio, y pronunció el famoso y poético ‘Discurso de la luna‘. ‘Cuando volváis a vuestros hogares, vuestros niños estarán durmiendo: acariciadles sin despertarles y explicadles después que era la caricia del papa‘, improvisó en un discurso que pasó a la historia. El 3 de junio de 1963, poco después de iniciarse el Concilio, Juan XXIII moría tras una larga enfermedad, sin conocer los resultados de la asamblea que marcó el camino de la nueva Iglesia católica.
Fuente: Efe
