Es un placer leer otra vez en el mismo libro que usó en la adolescencia el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Claro que el tiempo modifica la visión general del libro y al reirse y divertirse con las aventuras del "genio" uno no puntualizaba ciertas cosas.

Lo edita en 1615, un año antes de su muerte.

Pero aquí no terminan mis observaciones. Cuando estaba leyendo el Capítulo IV de la Segunda Parte, me di cuenta de que nuestro Fénix de los Ingenios había cometido una omisión, un olvido en el relato, relacionado con el robo del asno a Sancho. Releí varias veces y no podía creer que antes no había tomado en cuenta esa omisión.

Con este resquemor retrocedí en la lectura y en el Capítulo III en donde el autor dice: "El que de mi trata -dijo Don Quijote- a pocos habrá comentado. Antes es al revés, que como stoltorum infinitus est numerus, infinito son los que han gustado de tal historia, y algunos han puesto falta y dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quien fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara y solo se infiere de lo escrito que se lo hurtan y de allí a poco lo vemos a caballo sobre e mismo jumento sin haber aparecido…que es uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra".

En el Capítulo XXVII aclara el nombre del ladrón que era Ginés de Pasamonte o Ginesiello de Parapilla, como lo había bautizado el hidalgo.

Ya tranquila en esta aclaración seguí leyendo la obra y vuelvo a dudar cuando estoy en el capítulo LIX en donde dice "que la mujer de Sancho Panza, mi escudero, se llama Mari Gutiérrez. Sancho le dice: Torne a tomar el libro, señor y mire si ando yo por ahí y si me ha mudado el hombre".

Quien lea el capítulo XXV de la Primera Parte se dará cuenta de esta primera omisión. Mi madre decía que "el mejor escribano echa un borrón", pero mi propósito no es desmerecer al autor, sino exaltar su humildad, reconociendo sus errores u omisiones en el texto de la Segunda Parte, cuando ya había recorrido durante diez años ediciones y más ediciones la Primera.

La Fe de erratas siempre contribuye en todo escrito a esclarecer los errores cometidos involuntariamente a favor del lector. Es una práctica que tiene que seguir vigente como acto de reconocimiento de nuestras propias limitaciones.