Denegar legitimidad significa descalificar por completo al que piensa distinto, y suponer que si prevaleciera, sólo atendería a sus intereses y dañaría al conjunto. También se presenta un desacople entre poder y autoridad. Como son muy pocos los que le reconocen legitimidad al otro, en la Argentina cada sector se dedica a ejercer el poder.

En la sesión en que los diputados nacionales electos prestaron juramento, el jefe del bloque kirchnerista, Agustín Rossi, reclamaba que se respetara el reglamento, en un acto casi desesperado frente a los resultados adversos que intuía el oficialismo. Resulta paradójico que, quien reclamaba respeto por las normas en esta ocasión, fue quien defendió apasionadamente la suspensión por "única vez" del artículo 53 del Código Electoral para cambiar la fecha de las elecciones del 28 de junio pasado.

Ahora, la oposición aprovechó al límite la letra del reglamento. El texto que ordena el funcionamiento de Diputados supone que el reparto de cargos se resolverá en una negociación política, pero deja abierta la puerta a que eso no ocurra. El art. 29 señala que "en las sesiones preparatorias correspondientes a los años de renovación de la Cámara, ésta, por sí o delegando la facultad en el Presidente, nombrará las comisiones permanentes". La tradición indica que oficialismo y oposición llegaban a un acuerdo previo y, ya en la sesión, delegaban la conformación al presidente.

Al romperse este acuerdo, la oposición promovió la primera solución que ofrece el reglamento. El art. 105 establece cómo será el reparto de cargos: "la designación de los diputados que integrarán las comisiones se hará, en lo posible, en forma que los sectores políticos estén representados en la misma proporción que en el seno de la Cámara". Por tanto, más allá de los encendidos discursos reprobatorios del oficialismo, se respetó el Reglamento.

Anomia es la ausencia de normas para regular la vida social. El historiador Tulio Halperín Donghi decía que "si hay un rasgo que caracteriza la vida política argentina es la recíproca denegación de legitimidad de las fuerzas que en ella se enfrentan, agravada porque éstas no coinciden ni aun en los criterios aplicables para reconocer esa legitimidad".

El poder sin legitimidad es pura fuerza. La barra brava, el piquete y la patota simbolizan esas conductas, tanto en las canchas de fútbol, en las calles y también en los despachos influyentes.