Con una cuota enorme de humildad y por qué no de timidez, Esther Sánchez se resiste a hablar en primera persona. Ella no encuentra muchas razones -aunque las hay y de sobra- para ser protagonista. Prefiere, todo el tiempo, referirse como una integrante de un equipo. Claro que no se trata de una más del grupo. Es, sin lugar a dudas, la que aglutina, marca el camino y escucha todas las opiniones de un gran aparato humano, cargado de compromiso social e recursos intelectuales que comienza a funcionar cuando toca el timbre de ingreso a la escuela y que muchas veces, ni siquiera descansa cuando los alumnos se retiran. Ella es la verdadera líder del Central Universitario Mariano Moreno (CCUMM), el colegio del que todavía -reconoce con humor que ya tiene los plazos vencidos para jubilarse- es su comprometida directora.
A ese cargo llegó hace casi 28 años. Sin embargo, sus pasos por esta emblemática escuela tienen muchos años más. Casi que fueron creciendo a la par con la institución que en abril pasado comenzó a festejar el medio siglo. Antes, Esther Sánchez fue vicedirectora y docente, dos roles que la llenan de satisfacción, especialmente cuando los pone en el contexto de que sus antecesoras fueron educadoras de la talla de Antonio Moncho de Trincado (fue directora), Margarita Ferrá de Bartol (fue vicedirectora) y Rosita Collado (a quien reemplazó en la dirección).
‘Yo ingresé, al poco de recibirme de profesora de Historia, en agosto de 1965, como docente de Ciencias Sociales. Gané el cargo por concurso. Me fascinaba tanto la docencia que hice cursos de postgrado en Sociología y Filosofía de la Historia. Eso me permitió llegar a dar una de las materias puntales de este colegio como es Introducción al Mundo Actual, una propuesta muy interesante y muy dinámica para analizar el escenario mundial en el que vivimos. Esa materia se sigue dando, claro que se actualiza año a año. Paralelamente daba una materia en la Facultad de Filosofía. Pero por una resolución del rector que quería que los directores estuvieran abocados a las escuelas con exclusividad, tuve que elegir. Y por supuesto que prioricé el colegio. En los ’70 llegué a la Vicedirección y luego, en el ’88, al lugar que ocupo hasta hoy”, hace su propio racconto.
El Central -como todos llaman al colegio- no es una escuela más. De hecho, es el centro educativo por excelencia donde, año a año, cientos y cientos de sanjuaninos que no superan los 12 años, se ponen a prueba para ganarse un banco en sus aulas, luego de superar un exigente examen que los evalúa en Lengua y Matemática. Tan sólo, pocos más de 100 alumnos, tienen ese privilegio que ofrece la UNSJ en éste, uno de sus tres institutos preuniversitarios. La pregunta del millón es por qué pasa esto. La misma directora lo atribuye a los principios del colegio.
‘La resolución que le dio vida a este colegio dejó en claro el objetivo primordial que perseguía Pedro Lafourcade, un pionero de la educación que fue el mentor de nuestro plan de estudios: fue creado para diversificar y perfeccionar la enseñanza secundaria para lo cual se podrían realizar experiencias piloto de innovación pedagógica. Eso se hizo en aquel entonces, en 1965 y lo seguimos haciendo ahora, día a día. ¿Si lo logramos? Creo que la mejor respuesta que tenemos de la sociedad es la demanda de los alumnos y los papás”, dice con orgullo y calidez la directora de una escuela en dónde tan solo el 1% de la matrícula, o quizás menos según los registros anuales, no aprueba el año y repite.
Claro que en la cotidianeidad esa tan mentada innovación puede traducirse en varios ejemplos: en esta institución no se califica con números sino con letras (A que significa Aprobó, FA que es Falta Aprobar, AMS Aprobó Muy Satisfactoriamente, etc.) porque el alumno alcanza o no alcanza a demostrar que sabe. Además al finalizar el ciclo lectivo hay una prueba integrativa en cada materia que incita a los estudiantes a hacer relaciones y asociaciones en base al conocimiento completo adquirido, no a repetir conceptos. Pero más allá de todo lo educativo, hay otras experiencias más que válidas a nivel de creatividad y trabajo en equipo.
‘Nosotros buscamos que el conocimiento esté integrado y que tenga sentido. No que se repita en dos o tres palabras. Eso no es suficiente para demostrar que se sabe. No se busca la especulación del número por alcanzar una nota. El conocimiento se tiene o no. Nuestra meta educativa es que el proceso de enseñanza-aprendizaje logre centrarse en formación del ser humano, de la persona como ser íntegro, que sea parte de una educación inclusiva en todo sentido, que le provoque responsabilidad en el sentido de dar respuestas que se necesitan. Para eso no hay que ser personas especiales. Cualquier lo puede lograr. Basta tener inquietud”, asegura.
En todo este proceso, Esther Sánchez se posiciona en el lugar de quien gestiona. ‘Yo sencillamente soy quien sugiere, quien propone, quien gestiona. Sin el apoyo del equipo no llegamos a ningún lado. El secreto es explicar por qué se hace cada cosa. Es fundamental la comunicación. Así se logra compromiso, participación, involucramiento y mucho debate democrático. Aquí todos tienen la libertad de opinar y dar su parecer, incluidos los alumnos. Y con ellos, el mayor incentivo es fomentarlos en todas sus posibilidades posibles, aunque suene redundante. Siempre pueden dar un poco más”, agrega esta mujer que reconoce haber puesto a disponibilidad del colegio su entusiasmo, su capacidad de entrega y la renuncia a muchos aspectos de su vida. En cambio ha ganado en todos este tiempo, lo mejor que pueden haberle regalado: la energía que transmiten los más jóvenes y la satisfacción del compromiso. Como ella misma se pregunta ¿qué más se puede pedir?
