Hace más de un año que su vida no es la misma. Más de un año que la angustia ha hecho de sus noches un mal sueño y de sus días un deambular Sin respuestas. Más de un año que su amor de madre hace que no pierda las esperanzas. Más de un año que aguarda que la Justicia le diga solamente si su hija está viva, como piensa ella, o realmente es esa chica Sin nombre cuyo cadáver apareció colgado cerca del paraje Difunda Correa en noviembre del 2010 y que aún permanece guardado en un frío rincón de la morgue a la espera que alguien la reconozca.
Claro, los tiempos lentos de la Justicia no son los de Irma Ramona Lozada, que sigue resistiéndose a creer que su hija Valeria del Valle Searez, de 23 años, esté muerta. Por el contrario, reza con la ilusión de que algún día aparezca o al menos le dé la mínima señal de que está con vida.
Todavía recuerda los días de fines de octubre del 2010, cuando compartió los últimos momentos con su hija.
Aquella vez la joven había vuelto después de 7 meses de ausencia, a su casa del barrio Niquisanga de Caucete. Sucede que Valeria se había ido a vivir con Héctor Yacante, su compañero de trabajo en un comedor del paraje Vallecito, pese al rechazo de Irma y eso las mantuvo distanciadas por todo ese lapso. ’Yo quería que siguiera estudiando peluquería, pero no quiso y eligió irse con ese hombre. No la vi por muchos meses, hasta que vino sola y se quedó como una semana. Me dio pena verla. Andaba desarreglada y con las zapatillas rotas, siendo que ella siempre se cuidaba y yo le daba lo poco que tenía’, cuenta Irma. Le compró unas zapatillas de marca y trató de darle los gustos para que se sintiera cómoda. Era un reencuentro de madre e hija. Charlaron de todo, pero nunca hablaron de la relación con su novio. Irma llegó a pedirle que regresara a casa y le dijo que si quería viniera con su pareja.
LA DESPEDIDA
El 1 de noviembre del año 2010, Irma Lozada se despertó temprano para salir a otra dura jornada de trabajo en la cosecha de ajo y en silencio se despidió de su hija Valeria, que aún dormía en su habitación, sin saber que no la vería nunca más. Al mediodía, la joven saludó a su hermanita de 13 años y partió supuestamente a Vallecito, donde alquilaba una pieza con su pareja. Quedó en que volvería en una semana. Pero pasó esa semana y después otra, hasta que un día llegó el concubino de Valeria a buscarla. Irma no entendía nada, pero supuso que su hija podía estar con una amiga. ‘Yo decía: si se peleó con el novio, la Valeria va a caer en cualquier rato. Pero jamás pensé que no aparecería nunca. Y ahí empezó mi lucha’.
El 26 de noviembre de ese año, la policía la fue a buscar para que reconociera un cadáver. Una joven con el cuerpo putrefacto había aparecido el día anterior colgada de un árbol en un sitio desolado de Vallecito. Decían que era Valeria. Irma lo creyó y con un nudo en la garganta entró a la Morgue para ver ese cuerpo irreconocible. ’Me dio impresión porque era una persona muerta y estaba muy descompuesta, pero desde un principio sentí que no era mi hija. No era ella. La miré bien y no era ella, estoy segura de eso’, jura Irma. Yacante, que fue a la Morgue, también habría dicho que no era Valeria. La duda quedó. Para la policía y el forense se trata de la joven caucetera desaparecida, pero hay que demostrarlo científicamente.
UN LARGO DOLOR
Desde ese día, Irma Lozada no se resigna a encontrar viva a su hija. Dice que discutió con su hija mayor, incluso se peleó con sus hermanos y dejó de hablarlos porque se empecinaron en querer convencerla que esa chica muerta era Valeria. ‘Me duele y siento mucha bronca porque todos se ponen en contra mía y me señalan como si yo fuese la culpable. No me entienden, no me creen. Y me dejaron sola, pero yo no voy a perder la esperanza de encontrar a mi hija. Ella tiene que estar en algún lugar’.
Esa ilusión sostiene a Irma, que no logra alejar la tristeza de sus ojos. Sus días no tienen esa alegría de antes, como cuando festejaba los cumpleaños de sus siete hijos o los encuentros familiares. Ella saca fuerza para no quebrarse, pues tiene además su hija menor que la acompaña en este amargo momento.
Hay tardes en que se sienta sola en la mesa, imaginando qué estará haciendo Valeria. Esta Navidad no tuvo motivos para brindar ni decir ‘felicidades’ y tampoco ese ánimo con que siempre acompañaba a Valeria y a sus hijos a los bailes de fin de año en Caucete. La llegada de la cosecha quizás ayude a Irma a distraerse o pasar el tiempo; mientras tanto ella se aferra al anhelo de ese encuentro postergado y aguarda como lo hace más de un año que la Justicia le diga, como sostiene, que esa chica muerta no es Valeria. Cree que una vez que lo confirmen, empezará la verdadera búsqueda de su hija. La posibilidad de que ese cadáver pertenezca a su hija, no existe para Irma.
