Su humildad y presencia la destacaban. Frecuentaba las aulas de aquella lejana escuelita de campo que nadie atendía, pero a la que ella, daba su vida. Los niños se amontonaban para saludarla. Las cicatrices le desnudaban el rostro lleno de lágrimas. La misma sonrisa la presentaba, con aquella huella inconfundible, que dejaba el amor más sagrado de este sacro oficio. Era el alma fresca de la sencillez, que lejos de algún escrito pedagógico, sólo palpaba en la práctica la conducción hacia la adultez.
Su estilo marcaba una impronta en la escuela. Su vida dejaba un vacío en la sala de profesores, cuando sólo había té y pan para compartir, en esas largas tardes de planificaciones. Es que la escasez se imponía ante los lujosos shopping, estadios de fútbol, o las confiterías ostentosas. Su partida no pasaba desapercibida en aquella escuelita en medio del campo. Con sus aciertos y errores, lo daba todo. Momentáneamente, la profesión encarnada le penetró hasta los poros, y el bolsillo estrecho, cuando en oportunidades tuvo que poner parte de su salario, para que esa escuela funcionara.
Y, ahora, una vida real, dejaba la labor en medio de tantas vidas ficticias. Resultaba un héroe actual si enseñar es, para esa persona, el dar cumplimiento a un encuentro magnánimo con la realidad. Esa realidad cruel que espanta, daña, ataca y ofusca las aulas. Una vida sacrificada, ante la liviandad apestante de la corrupción, consumismo y violencia, que es "pan para hoy y hambre para mañana". Oportunamente, sentíamos que algo de sus dichos, acciones, perduraban en nuestros corazones. Es que algo de lo que vivimos juntos, subsistirá con cuotas de eternidad, ante lo aparente y oportuno. Sin duda alguna, vivirá con cierto destello de sabiduría lo que hablábamos, discutíamos y proyectábamos en las caricias que sustentaban en sus ojos vidriosos de ilusión, toda su labor.
Pero, ¿quién es Usted? Nos fue dado en su paciencia el saber y la ilusión de llegar a ser "alguien" en la vida, ante tanta forma mediocre. En su misma perspicacia y realidad, hemos visto nuestra propia desesperación e irrealidad. Supimos ver en Usted lo que hemos sido: "Hijos de su amor", que en la vida de una maestra de escuela nunca envejece, ni se diluye, porque fue la persona que supo permanecer en vigilia, ante tantos hombres dormidos. Fue esa pendiente en alza ante tanto relieve. Y, en la medida que un maestro enseña con dedicación envejece en su cuerpo, pero jamás como para opacar la ilusión, en sus años inconfundibles de esencia y juventud.
Pero, ¿quién es Usted? Aquella jovencita que recién recibida llegaba con un maletín negro, cobijada bajo un sensible guardapolvo blanco, y que con voz ronca del susto en dirección, no sabía qué destino le depararía el mañana. Es la que cuando llovía, el camino se aguaba, refucilaba, o el cansancio psicológico atenuaba, siempre llegaba. Ahora, a los 63 años, manifiesta en su frescura expresiva, la expurga por el acoso de ver que proyectará mañana, pero no ante la pampa que envolvía la escuelita, sino ante "la pampa y la vía" que deja en el silencio deprimente a alguien que ya no le sirve al sistema, en tanta burocracia inhumana.
Pero, ¿quién es Usted? Es la maestra más antigua de la escuela, que mirando al futuro desde el arduo pasado, revelaría la simiente de lo que habríamos de ser: testigos de su dar incondicional. Cómplices de aquellas batallas profundas, ante tantas reformas ficticias, que sólo aplastaban de odio y precariedad. Supimos ver en Usted lo que hemos sido: "Sólo hombres ingratos sin causa". Discípulos únicos del misterio mayor, de la máxima epifanía pasada que valoraba la labor docente, ante el liberalismo racionalista de estos tiempos, que sólo la descalifica.
Pero, reitero al verla, mi insistente pregunta: ¿Quién es Usted? Es la que testificó que no hay que despreciar lo pequeño, porque en lo simple está el futuro. Lo grande está en la rutina, paciencia y entrega. Que la alegría o felicidad está en la inmortalidad del darse a los otros, ante la mortalidad egoísta del poder y el status. Que la sensibilidad de dar la vida lo mantiene a uno siempre con ilusiones, ante tanta desilusión, que da la pasión inútil.
Ahora, susurrando en los pasillos, nos damos cuenta de quien es Usted: "Es la más antigua de la escuela". Pero no una maestra más, sino la maestra de las maestras, la que nunca abandonó su preciada labor. Pero, más que nunca, sabemos quien es usted: La madre de las profesiones, la madre de las luchas, la madre de los amores, la madre de las ilusiones, y la madre, de esta escuelita de campo. Ahora, más tarde que nunca, descubrimos quien es Usted: "La maestra más antigua de la escuela, y que ahora con llantos en los ojos, sólo se jubila como una más del sistema".
(*) Periodista, filósofo y escritor.
