Habrá maldecido el líder del PRO local, Wbaldino Acosta Zapata, por alguna coincidencia que lo dejó desacomodado. El día que enarboló su idea de aumentar la base proporcional y generar más bancas de diputados provinciales, apareció en el diario una foto de la reunión concretada hace 7 años para hacer exactamente lo contrario: reducirlos. En la cabecera, a aquella reunión la dirigía su padre gobernador.
La idea fue desactivada a tiempo, antes que la opinión pública furiosa comenzara a preguntarse en voz alta cuánto mejor estará nuestra bombardeada democracia con un puñado de diputados más. La respuesta hubiese sido certera, con sólo dejar pasar uno días: estará igual, como lo estuvieron las cuentas públicas después de aquella ola de chamuyo sobre los gastos de la política que llevaron de la nariz a la dirigencia a ajustarse con menos representantes.
Pocos meses después, esa misma política dictaba el default del tesoro nacional y la conclusión resultaría inmediata: no es cuestión de lo que gastan los representantes en formar un sistema que incluya a todos, sino de lo que hacen sólo cinco o seis.
Pero a pesar de haber sido abortada antes de haber nacido, vale analizar la iniciativa porque desde allí se desprende un sano interés por buscarle un plus de calidad institucional al sistema. Aunque no sea ese el camino indicado.
Siempre hay tensión entre lo que gasta el contribuyente en sostener un sistema político que lo represente y los resultados que recibe como respuesta. Y ante la desproporción evidente, la respuesta inmediata siempre fue emparejar hacia abajo: en lugar de elevar las exigencias, les bajaron el sueldo.
Esa especie de consuelo de tontos fue lo que condenó al ciudadano al rincón de conformarse con lo que hay: y…, con lo que ganan. Fue lo que ocurrió en tiempos de ajustes de aquellos años en que no sólo la Legislatura provincial dejó en el camino a 11 diputados sino que achicó los salarios de los funcionarios a un cuarto de lo que percibía un gerente de una empresa media: ¿cuántos hay, como en tiempos de los próceres, capaces de entregar sus mejores años productivos en servicio a la Patria? Lo indican los resultados: ninguno.
Más difícil hubiese sido concentrarse en reclamar esfuerzos acordes no sólo con los salarios privilegiados sino con la estatura de la condición de representantes de la gente. Porque allí hubiese hecho falta acostumbrarse a no tolerar sesiones sin quorum, fallos judiciales de 10 años, funcionarios impresentables, modos de trato intolerantes. O que el diálogo, pieza de museo pocos meses atrás, hoy resulte toda una rareza cuando aparece inscripto en la genética democrática.
Se sabe que el sistema no es una propiedad privada de los que ganan, como si fuera un campeonato de fútbol. Los que ganan gobiernan y los que pierden controlan. Y en la búsqueda de encontrarles un lugar a las minorías es que Acosta Zapata decidió pegar el golpe de escena pidiendo el ingreso de más diputados de la provincia.
Es cierto que por momentos aturde el tono monocolor del parlamento local con un dominio absoluto del oficialismo. Pero hay dos cuestiones a analizar. Una, que es el resultado de una elección histórica en la que el oficialismo ganó todos los distritos. Dos, que la principal fuerza opositora es la que integra el propio Acosta -Unión por San Juan con el basualdismo- y tampoco ha hecho escuchar demasiadas voces discordantes. Las fuerzas opositoras que faltan son las más diferenciales.
Pero la razón por la que la idea quedó en el tacho de la basura antes de ser presentada públicamente parece ser el hecho de haber tomado contacto con la realidad. No está la sociedad pensando en soluciones que pueden aportar más diputados en la Legislatura, aunque sea con fines nobles.
En el supuesto caso de que las ocupaciones sobre las tarifas de los servicios dejaran una pequeña ventana abierta a pensar en mejorar el sistema política, la pregunta que flota es: ¿era ésta esa la reforma política que hace falta?.
El problema del boceto sacado a flamear por Acosta Zapata es que proviene del costado más tachable de la política nacional: las listas sábanas, a las que el dirigente del PRO propuso engordar.
Por ellas se entiende a los caballos de Troya que sirven para que se filtren en los asientos parlamentarios los séquitos de impresentables que cuelan en las mismas listas encabezadas por algún dirigente con atractivo. Y como el sistema obliga a la gente a votar por listas y no por candidato uno por uno, adentro de ese paquete se tejen todos los acuerdos corporativos imaginables: sectores con sectores, que te doy el número 5 en la lista pero te pido apoyo en tal cosa, que esa ubicación no es de ingreso seguro, y cientos de etcéteras más. Entonces, las listas sábanas se convierten en la figurita de cambio que permite el ingreso de diputados que jamás lo harían si debieran presentarse de cara al sol.
Buenos Aires, por ejemplo, aportará en la Cámara de Diputados desde el 10 de diciembre más de 50 bancas que se distribuyen proporcionalmente entre las tres listas sábanas que compitieron. Las encabezan De Narváez, Kirchner y Stolbizer, pero hay que ver las caras de los que vienen abajo y entran igual.
En San Juan, la Legislatura dispone de 15 de esos asientos, surgidos esta vez por amplia mayoría de una sola lista, la oficialista. Y el resultado es el mismo: diputados a la que la gente votó -siempre de manera indirecta- pero no tiene idea de quiénes son.
Es, entonces, una imprudencia proponer cualquier tipo de reforma en la representación política que suponga el engorde de esta especie que, por el contrario, debería ser puesta en extinción.
Los que intentan algún camino para perfeccionar el sistema se inclinan por el camino contrario. En el caso de los parlamentarios, el centro neurálgico de la participación democrática, consideran como más avanzados a los esquemas que consiguen que cada uno de los se sientan en esas bancas resulten elegidos directamente por los ciudadanos.
Y a eso lo consiguen feteando en mil partes a los distritos, para que haya siempre uno por cada circunscripción y con representación territorial. ¿Alguien imagina a San Juan cortado en 45 distritos electorales para que de cada uno de ellos surja un diputado? Difícil, pero en ese caso habría menos problemas en legitimar un aumento de representantes.
Lo que queda vacante en la irrupción de una reforma consistente es, al menos, un debate sobre herramientas electorales que en muchas sociedades ayuda a combatir el clientelismo. La boleta única es una posibilidad de que la gente disponga en el cuarto oscuro de un sólo papel, para marcar allí su voto. Evitaría el arrastre de hasta 7 paños, empujados por querer votar a sólo uno. Y el voto electrónico evita el desmadre de boletas, que faltan o que son falsificadas. Además de un escrutinio menos traumático y la obligación de reclutar a miles de fiscales.
Instrumentos modernos y sensatos por estos lados parecen ciencia ficción.
