Muchos y buenos comentarios sobre nuestra nota de la semana pasada en que intentamos describir las ventajas que la intermediación comercial ha traído a nuestra vida cotidiana dando el ejemplo simple de una milanesa. Hablábamos de lo malo que sería para la economía en general que nos quedáramos sin los valores que se agregan a un trozo de carne vacuna para transformarla en un apetecible plato servido con belleza en la buena mesa de un restaurante. Ocurre que, no obstante los múltiples ejemplos que pueden darse tanto actuales como en la historia, cada tanto aparece alguien confundiendo baja de costos con eliminación de intermediarios. Quienes así opinan, la mayoría de buena fe por intentar compensar los ciclos de baja en que el dinero no alcanza, incurren involuntariamente en un error que resulta trágico si se aplica con éxito. La suposición, por otra parte imposible de llevar a la práctica, de que todos comencemos a comprar en los mercados primarios, la feria, o los concentradores como el Mercado Central de Buenos Aires, lleva acarreada la pérdida de trabajo de mucha gente que se ocupa de hacernos más fácil la vida diaria permitiendo que pongamos nuestra inteligencia y dedicación en aquellas cosas que sabemos hacer bien y no meternos a cocinar como en la era primitiva.
¿Vamos a ponernos a discutir sobre las bondades de la división del trabajo? Ese proceso permite que cada uno destaque en sus mejores habilidades dejando al zapatero sus zapatos, al verdulero las verduras y al carnicero la carne. Tiempos hubo en que todos hacíamos todo y en cada casa se carneaba, se amasaba el pan, se cultivaban las legumbres y cereales, se ordeñaba la leche, se aplastaban las uvas ‘a pata‘ para hacer el vino, en fin, se practicaba una economía de subsistencia, de gran pobreza hasta para los ricos. Pero eso cambió. Con la era industrial, la luz eléctrica y el petróleo, uno piensa que hay cosas que se debieran haber aprendido. Por ejemplo, que la mujer ha podido criar hijos, tener una familia y a la vez salir a trabajar, estudiar y acrecentar su independencia. Por ejemplo, que está más disponible el tiempo para el ocio creativo o simplemente para la distracción frente a unas pantallas luminosas, que se practican más deportes y han florecido las artes, antigua práctica excluyente de los que tenían servidumbre, que se ha democratizado la política, hoy en manos de gente común, algunos de ellos simples trabajadores. ¿Está mal eso? Porque depende de la intermediación que nos concentremos en aquello para lo que mejor aplicamos aumentando de manera exponencial la productividad y facilitando, no dificultando, el crecimiento y el desarrollo de la economía y de nuestro bienestar. A esta altura de la civilización ¿hace falta reconocer las ventajas del comercio en general? Ese comercio que desde 1492 inició el proceso de globalización causando el intercambio de mercaderías entre distintas zonas del mundo, desde las más lejanas y exóticas hasta las más comunes y cercanas. Si el mundo no se hubiera conectado para intercambiar productos y conocimiento no existiría ni la tercera parte de la población actual, sumido como estaría el ser humano en buscar el alimento para cada día como hacían los huarpes persiguiendo un guanaco corriéndolo por días hasta dejarlo exánime, cazarlo y, eso sí, comerlo todo por no tener capacidad de guardarlo. No habríamos levantado la cabeza para pensar, gacha como la tendríamos con una azada de palo mirando el suelo para sembrar o peor aún, llevando una vida nómade porque se acabó la quinoa. No, la baja de costos no pasa por eliminar oficios y volver a doblar el lomo frente a un surco. Es otra cosa. Los costos se bajan mejorando los procesos, incorporando tecnología, eliminando monopolios, garantizando competencia y diversidad, haciendo eficiente al Estado para que ayude y no sirva de mochila al esfuerzo de los particulares. Volviendo al ejemplo de las distintas y saludables variantes que puede tener una milanesa y a propósito de que alguien me preguntara si lo escrito tenía algo que ver con la realidad, digo que sí. De todo el proceso complejo y amplio que describí en aquella nota, donde la historia empezaba en el carnicero Don Luis y terminaba en un restaurante fino, en pocos meses desapareció la cadena intermedia dejando un chorro de desempleados, todos jóvenes. Ya no existen en su trabajo cerca de 20 personas que agregaban pan rallado y huevo, que freían, que empacaban, que introducían el pan, el tomate y la lechuga, que preparaban los sobrecitos con mayonesa y ketchup. Don Luis, quien vendía el trozo de carne pelado sigue vivo porque uno siempre sigue al carnicero y al peluquero. Y también sigue el restó, porque a los ricos nada les afecta. La cadena de intermediación y su creatividad, la fuerza de los vendedores y diseñadores han traído de la mano a la moda, también patrimonio exclusivo de los nobles del pasado. La vestimenta ya no es solo para cubrir o abrigar sino para diferenciarse, lucir, fortalecer la identidad. Hoy, cada vez que compramos algo que no es necesidad básica estamos ayudando a una distribución genuina de la riqueza, estamos entregando algo que nos sobra para que le sirva a alguien que no lo tiene, siendo el dinero el instrumento de intercambio. Recordar esta estructura fue el motivo de la nota anterior preocupados como estamos por la reaparición cíclica de consejos de compra directa, mercados concentradores y otras yerbas parecidas. No son la solución, son, al menos, parte del problema.
