Lo hecho, hecho está. Los guanteos con sparrings terminaron. En el secreto del gimnasio quedará lo hecho por cada uno de los contendientes. No se sabrá nunca cuantos obreros del ring soportaron nocauts en las dilatadas tandas de rounds de preparación. Tampoco se conocerán detalles de estrategias trabajadas por cada uno de los boxeadores. De ahora, hasta el viernes primero con el pesaje, y el sábado después cuando suban al ring, las palabras huelgan. Ambos cuidarán su estado con movimientos y varios, tal vez muchos rounds de trabajo con sus entrenadores quienes guiarán sus combinaciones con los guantines. Nada de rounds de combate. Nada que pueda provocar alguna herida que tire por tierra con la pelea.

Las semanas anteriores sirvieron para promover un espectáculo que se vende por si mismo. Entrenamientos de puertas abiertas y serenas sesiones de prensa, donde Manny Pacquiao dijo ser “el boxeador de Dios”. Charlas con los periodistas que fluctuaron desde lo deportivo hasta lo divino. Tanto como para escuchar a Mayweather decir que el es “más importante y más grande” que Muhammad Ali y Sugar Ray Robinson.

Los dos hombres que el sábado ganaran por un segundo de combate lo que un argentino medio gana en dos o tres años de trabajo diario (ver infografía) entran -y también el mundo que espera la pelea- en una cuenta regresiva que, según el cristal con que se mire, puede pasar en un suspiro o puede hacerse eterna.

De ahora al sábado cuando se hable del combate se analizará que aspectos primarán sobre el ring: La velocidad y técnica, muchas veces amarreta, de Mayweather o la velocidad y temperamento, más generoso, de Pacquiao.

Quedan 5-4-3-2-1, día para sacarnos la duda.