Bien dicen que el hombre es “amo de sus silencios y esclavo de sus palabras”. Si alguien me hubiese apostado al finalizar la serie regular del Clausura de Primera División que aparte de Quilmes y Huracán, descenderían otros dos equipos de Buenos Aires, hubiese jugado lo que no tengo que, desde arriba -ergo la AFA- no lo permitirían.
Es que después de sufrir los malos arbitrajes que padeció San Martín en su paso por la Primera División en 2007/08. Luego de ver cómo Saul Laverni perjudicó a Godoy Cruz, en el partido contra Banfield, al no cobrar un penal que le hubiera permitido a los mendocinos seguir peleando el título del torneo. Pensé que los poderes del fútbol no permitirían que River y Gimnasia cayeran del estamento superior.
No cabía en mi cabeza la realidad que ayer terminó de consumar, para alegría nuestra, San Martín. Imaginé que la presión de los medios capitalinos incidiría. Sus gastos de producción, al tener que salir de la Av. General Paz, se multiplican. La gran cantidad de programas televisivos que hacen del fútbol un reality diario se quedarían con muchos equipos menos dentro de su anillo mágico, o en sus alrededores.
Por fortuna me equivoqué. Belgrano, primero, y San Martín, después, dejaron en el camino al club más ganador de campeonatos de AFA -River- y al más antiguo de Sudamérica -Gimnasia-. Y, si algún árbitro se equivocó y perjudicó a algún club ese fue Pezzotta en el Monumental no cobrando un par de jugadas favorables a River. Errores que no incidieron en el resultado, favorable a los cordobeses.
Todo ocurrió dentro de un marco de claridad que enaltece al noble deporte que José María Muñoz definió como “pasión de multitudes”. Cabe entonces un dicho vernáculo: “Mas claro, echale penca”.
