Hay sectores en los que no se puede avanzar tres metros seguidos. La gente se aprieta, se empuja, una madre hace piruetas para pasar con su changuito. De fondo, golpea fuerte al oído el reggeaton, que se confunde con el cuarteto que sale de otros parlantes. El aroma de los chorizos se mezcla con el de los carros pancheros, entre los colores de las chucherías y el puesto de ventas de las camisetas de fútbol. En el lugar no hay orden ni concordancia, pero quizá eso sea su mayor atractivo, pese a que toda esta actividad es ilegal. La gente puede probar unos productos de cosmética y pedir un jugo en la misma mesa y con la misma vendedora, mientras que más adelante puede comprar un almohadón especial para mascotas. La Plaza España, desde que los vendedores ambulantes dejaron el Parque de Mayo (que de todas formas aún sigue mostrando algunos puesteros en las veredas), se convirtió en el nuevo paseo dominguero de los sanjuaninos. Es una pequeña ciudadela, un mundo aparte donde confluyen miles de personas cada domingo desde fines del año pasado. Hay vendedores ambulantes con puestos armados, otros tienen mesas, unos pocos presentan gazebos y varios exhiben sus mercaderías en el piso. Elena tiene 63 años y todos los miércoles empieza el amasado de cosas dulces para vender el domingo, junto a su marido Eduardo, de 68. Ninguno tiene jubilación y lo que ganan es para pasar la semana, además de afrontar el tratamiento de Eduardo. “Tiene una enfermedad terminal, pero igual amasamos y después de almorzar nos venimos para la plaza, rogando vender todo”, cuenta Elena, sin poder evitar las lágrimas. En la feria improvisada hay una variedad tan ecléctica de productos, que la gente encuentra desde ropa interior hasta herramientas. Pero también revistas usadas, soldaditos de plomo, piezas de cocina, bufandas, ropa, CDs, sábanas cosidas a mano y hasta una mesa bien puesta. En la esquina de Libertador y España, la mesa con manteles blancos y verde manzana, sillas cubiertas en tela, copas y cubiertos que brillan como recién pulidos, llama la atención. Es de un servicio de lunch, que se promociona de esa manera. “La gente se para y se queda mirando. Se nos ocurrió traer a la plaza lo mismo que encontrará en una fiesta. Y da resultado”, dice Ana Tolaba. Una pieza entera de jamón crudo se muestra tentadora, como los sánguches con pan casero a 5 pesos cada uno. “El jamón entero vale 500 pesos”, aclara Carlos. Son pocos los puestos de comida del lado de la Libertador y Las Heras, porque de a poco se fueron ubicando hacia la San Luis. En el medio de la plaza, el espacio para los chicos no fue olvidado. Esquivando el agua de riego, los niños se trepan al camión de guerra y el cañón, pero también hacen fila para subir al pelotero y a una cama elástica, con prolijas redes de seguridad para evitar accidentes. En este pequeño mundo aparte dominguero, sin dudas, hay para todo.
