Supo decir las cosas por su nombre. Claro está, por el que les asigna la poesía; porque su mejor postura ante la vida fue la de poeta.

Y lo hizo con la fortaleza de la palabra justa. Pepe Campus eligió en cada imagen del poema que le emergía como lágrima azul desde del alma la palabra más directa, el mejor camino hacia su verdad de poeta, el atajo más corto hacia la médula de la idea. Sin embargo, desde esa economía de voces tuvo el talento de decir absolutamente todo lo que se proponía. Él era eso, un incorregible sensible, un ser sencillo, afable, pero sospechada -y comprobadamente- profundo. Tuvo el don de encuadrar a ramalazos de belleza la vida y la muerte en dos vértices de sol, para que el regalo que es la vida y la fatalidad que es la muerte fueran no más que dos estaciones en la fortaleza de su sabiduría.

Se es un gran poeta en los borbotones de imágenes que Pablo Neruda no podía evitar, y liberaba en ráfagas salvajes de belleza. Y también en esta estrictez de palabras que José Campus eligió para soñar en símbolos y hacernos felices.

Ha de seguirnos por el viento su tranquito suave por las plazas donde fue poeta, por las acequias donde fue poeta, por el mundo donde fue poeta, para orientarnos en la virtud de la palabra y la parsimonia sabia.

Una rosa celeste en cada mano lleva este hombre para invitar la eternidad, donde ha de reinar a fuerza de sus inagotables luciérnagas; donde ha de ser recibido con un banquete simple de conceptos cruciales, y en sus extremos dos banderas: vida y muerte, dos parábolas enamoradas entre si a partir de la fiesta que Pepe Campus supo decir en su filosofía de hombre simple, en su majestad de hombre simple.

Un hombre ha dicho todo lo que debió decir con su lúcida lengua. Es el momento del homenaje, desde ahora hasta siempre.