Por ello, la Comisión Europea acaba de proponer un Fondo Europeo de Defensa y otras acciones, a mi juicio muy acertadamente, para apoyar el gasto más eficiente en las capacidades de defensa conjuntas; fortaleciendo, así, a los ciudadanos europeos de los Estados miembros, al fomentar la seguridad de una base industrial competitiva e innovadora.

En este sentido, ya se han propuesto veinticinco millones de euros para la investigación de defensa como parte del presupuesto 2017, y se espera que esta asignación crezca hasta un total de noventa millones de euros hasta 2020.

Es evidente que si este espacio geográfico mínimo, de máxima diversidad cultural, no se ocupa de salvaguardarse así mismo, nadie más lo hará, teniendo en cuenta que las capacidades deben ser acordadas por los Estados miembros, para justamente poder reforzar el mercado único de defensa.

Pienso que ha llegado el momento de trabajar coordinados desde la fortaleza, máxime cuando se trata de asuntos de seguridad y defensa. Tengámoslo en cuenta, únicamente avanzaremos hacia una mayor integración si se lucha en la misma dirección y hay confianza entre los países.

Por otra parte, la Unión Europea tiene que favorecer mucho más el interés general común, y no el concreto de algunos socios en particular. La alta tasa de desempleo juvenil, sin duda, no sólo va a comprometernos a la baja productividad, también a una frustración social sin precedentes.

Quizás tengamos que recapacitar y volver a ese referente europeísta en favor de la paz, el pleno empleo, la libertad y la dignidad humana.

Desde luego, creo que hay que generar un nuevo dinamismo social, donde la ciudadanía en su conjunto pueda comprometerse e involucrarse, en favor de un proceso constante de humanización, o sea de promoción de los derechos humanos, que enlazan con el desarrollo de la democracia y el estado de derecho. 

Europa tiene que volver a tomar aliento, a entusiasmarse, a hacerse valer con la energía del pasado. A veces me da la sensación de que estamos un poco cansados, tal vez pesimistas, a pesar de que tengamos las mimbres de la innovación, de un inmenso patrimonio histórico que ahí está y que ahora, con un nuevo coraje, ha de tomar las riendas de edificar un nuevo territorio más prospero, igualitario y seguro para todos. La ciudadanía, en su conjunto, tiene la última palabra.

No es de recibo, en un continente que tanto propicia la cohesión social, lleve consigo la losa de ciertos grupos de población que están quedándose atrás o son excluidos.

De ahí la importancia de llevar a la realidad las políticas sociales de acceso universal, además de modificar las normas sociales, culturales y políticas excluyentes, así como las actitudes que perpetúan la marginación. Ha llegado el momento, pues, de que la dimensión social de la integración europea tome raíces y se expanda.

No olvidemos que constituye un aspecto clave de la Estrategia Europea 2020, que tiene por objeto asegurar un "crecimiento integrador” con elevados niveles de empleo y una reducción del número de personas que viven en la pobreza o que están expuestas al riesgo de exclusión social.