Dicen que es la etapa reina. Que el que la gana, casi como que se embolsa la Vuelta de San Juan. Por todo. Por su mística. Por sus emociones. Por su colorido. Por su popularidad. Porque envuelve las mil y una. Porque quienes trepan pedaleando a los 2.672 metros sufren como nunca. Y porque quienes lo están viendo desde afuera, entienden ese esfuerzo supremo.
Ayer, y como siempre antes, de nuevo "La Reina del Colorado" (la octava y penúltima etapa del tour) atrapó esas sensaciones. Desgastó los calificativos de todo tipo. Como aquel del hombre de melena negra que corría paralelo a la llegada de los primeros y, casi sin aire, les gritaba: "¡Vamos, vamos, que ustedes pueden porque son grandes…". O lo que dijo nada menos que Juan Pablo Dotti, el ganador, ya en frío después de cruzar la meta: "Ganar esta etapa es extraordinario. Único, te diría. Es como sentir un poder especial…". Y será así nomás, porque si uno le mira la cara de satisfacción al bolivarense se da cuenta de inmediato que es un hombre pleno. No sólo porque quedó a un paso de ganar la Vuelta. Sino porque otra vez -es la cuarta- gana esta etapa que es distinta a todas. Que a cualquier ciclista le debe dar un plus de confianza y poder en lo que hace.
Pero la historia de esta etapa al Colorado va más allá de esa llegada en las alturas. Las emociones empiezan, inclusive, antes de la largada. Desde bien temprano se empiezan a tejer todo tipo de especulaciones. Los nervios están a flor de piel. Ni qué hablar cuando el pelotón acelera de verdad ya en la ruta 40. Las tácticas dominan los momentos. Las escapadas se hacen moneda corriente. Y la "protección" de los compañeros a sus "ases" también. Entonces aparecen, en orden, Matagusanos. Después Talacasto. Y, con las emociones llenas, las curvas y contracurvas en plena subida.
Las motos de los auxilios pasan a mil. La de los periodistas igual. Los ciclistas, entremezclados, se mueven como víboras en el piso. Ni qué hablar cuando hay pendientes descendentes. La velocidad de todos asusta. Dominan los bocinazos. A aquellos que se meten en ese enjambre sin un trabajo específico. Por suerte todos, o al menos la mayoría, son obedientes. Van y van, pero en orden. Cada uno con un objetivo: llegar a ese paraje desierto que marca la meta.
Y, después de poco más de tres horas, llega lo mejor. Primero esos nueve kilómetros de subida dura que deja la tendalada. Porque desde ahí empiezan a notarse las diferencias. Los escaladores pesan a más no poder. Y se van. Claro que a ese grupo selecto le esperan los cuatro últimos kilómetros, que son los de máximo ascenso. Y ahí es donde sacan la chapa. La que tienen sólo los elegidos. La que inspiran a la gente. Como a ese hombre de melena negra que trata de seguirlos corriendo y los llama grandes…
La "Reina del Colorado". La gran etapa de la Vuelta. La que termina allá, en la montaña. Ese lugar tan propio de nuestro San Juan.
